Aspectos médico-psico-pedagógicos de la Audio-Psico-Fonología
He aquí todo un mundo que deseo explorar en su compañía. Más aún: son dos universos los que debo esclarecer en su entrelazamiento recíproco.
Sospecho que muchos de ustedes se encuentran por primera vez con el ámbito que llamamos Audio-Psico-Fonología. Una introducción parece, pues, necesaria. Será breve (forzosamente concisa), pero permitirá repartir algunas informaciones fundamentales, indispensables para la comprensión de las conferencias y trabajos que seguirán, sin cansar por ello (eso creo) a quienes ya están familiarizados con nuestro ámbito.
Así podríamos definir —en su sentido más amplio— la Audio-Psico-Fonología como una apertura, por una brecha auditiva, hacia el universo del lenguaje, captado bajo el ángulo de su función psicológica. Este enfoque, nuevo para muchos, está sin embargo bien arquitecturado y suficientemente enraizado como para ocupar un lugar entre los ámbitos ya existentes.
En un lenguaje más práctico, diremos que la Audio-Psico-Fonología se instituye como una pedagogía de la escucha —una de las más necesarias y, con certeza, la más descuidada.
Es para responder a esta necesidad y reparar tal omisión que nuestro ámbito ha elaborado sus fundamentos más esenciales. Hablar de escucha no es, sin embargo, cosa fácil, pues cada cual pretende estar dotado de esa función excepcional. Y, no obstante, con el tiempo y una experiencia hoy treintañera, me parece que es precisamente en esa dirección (a saber, en la realización de esa función) donde estamos más mermados. A lo sumo podríamos sugerir que el hombre asciende, a lo largo de su existencia, peldaños sucesivos que harán de él un ser verdaderamente humano, que se encuentra a sí mismo a medida que penetra en la estructura funcional de la escucha.
Cuanto más sabe uno —con resignación y humildad— prestar oído a ese llamado, mayor se hace la apertura al otro, al entorno, al universo —y, en última instancia, a uno mismo.
Igual que la mayéutica, la Audio-Psico-Fonología propone emprender semejante andadura, ya a quienes se pierden en su curso existencial, ya a quienes se cierran a tal enfoque, ya, en fin, a quienes no tienen percepción alguna del mundo de la comunicación. A los primeros ofreceremos, pues, una ayuda pedagógica; a los segundos, un sostén psicológico; y a los terceros intentaremos evitarles la entrada en el mundo de la alienación.
La Audio-Psico-Fonología lleva en su enseñanza dos materias en apariencia distintas: una concierne a la evolución de la audición hacia la escucha; la otra, al proceso que conduce del balbuceo hacia la expresión de la conciencia misma. En realidad, para quien sabe elevarse y obtener una distancia suficiente, ambos aspectos pronto se unifican en una noción única.
La objetivación así obtenida revela, en efecto, que se trata de un solo y mismo ser.
Nuestro enfoque audio-psico-fonológico nos incita a subrayar que la estructura misma del pensamiento, instituida preverbalmente, dispone del cuerpo humano para expresarse —en sentido literal, es decir, a la manera de una verdadera secreción, de una exudación verbal.
Lo que nos interesa es, en realidad, la utilización del sistema nervioso por esa estructura preverbal —utilización que queremos despertar, poner en movimiento. Y, sirviéndonos de un término de la jerga psicológica de inclinación analítica, diremos que buscamos suscitar el deseo de comunicación. Ese deseo es, sin duda alguna —en nuestra acepción—, la clave de bóveda de toda la construcción del lenguaje, psicolingüística y neurolingüística.
Ese deseo de comunicación, inscrito en el programa evolutivo, puede manifestarse según los procesos filo- y ontogenéticos del oído captado en su totalidad. Por lo demás, ese recuerdo primitivo, fundamental, ¿no revela acaso (cuando se recuerda que desiderium, étimo de la palabra deseo, significa la búsqueda de algo ya experimentado) la influencia inductora del lenguaje en la evolución que conduce hacia la estructura humana?
Toda la ciencia audio-psico-fonológica reposa sobre ese conocimiento. Lo que puede ofrecer a cambio —si se permite decirlo— son los medios para recorrer o rehacer esa andadura, ese curso estructural filo- u ontogenético, a aquellos a quienes, en grados diversos, se les ha hecho imposible recorrerlo.
Se ve, pues, cómo nuestro ámbito se inserta en todas las actividades humanas que, de cerca o de lejos, atañen a la escucha y, por consiguiente, al lenguaje. Pero penetrar en todas las actividades de las ciencias humanas no significa por ello suplantarlas. Estar implicado no significa reemplazar. Y es precisamente sobre esa distinción —a veces mal definida, quizá mal pensada y, en ocasiones, del todo ausente— donde nacen los malentendidos, se instalan los temores y se perpetúan las confusiones respecto a nuestras técnicas.
La Audio-Psico-Fonología no reemplaza nada. Añade una dimensión nueva —una dimensión que le es propia, estrictamente definida, que cada cual puede introducir en su propio ámbito. Es evidente, sin embargo, que si no se mantiene el respeto estricto de ese conocimiento, de esa conciencia en suma, nuestro ámbito incurre en un riesgo —sobre todo cuando pretende actuar por sí solo, más allá de lo que sabe aportar en materia de activación de las potencialidades del oído. Me explico.
Cada vez que uno de nosotros —audio-psico-fonólogo, pues— piensa que puede enseñar él mismo la lengua materna o extranjera, que realiza el desenredo de algún problema psicológico, y mucho más cuando se reconoce capaz de curar tal o cual dolencia, pierde el objeto de su verdadera vocación. Y cada vez que alguien de fuera le atribuye las cualidades de un pedagogo, de un psicólogo, de un psicoanalista o de otro —se equivoca.
Ser audio-psico-fonólogo es posibilitar el nacimiento o renacimiento, el desarrollo, la ampliación del deseo de escuchar —hasta la instauración de la permanencia de esa función. Entonces el pedagogo tendrá ante sí oídos ávidos; el psicólogo entrará en una verdadera dinámica relacional, hasta entonces oculta y enmascarada por tensiones pulsionales subterráneas; el médico, por su parte, verá emerger la inversión somática de tal o cual tensión psíquica, o descubrirá con facilidad las fuentes de las olas profundas que surgen de pronto de un universo afectivo aquejado de traba.
Así, la Audio-Psico-Fonología es y debe seguir siendo una ciencia al servicio de las demás ciencias humanas —la pedagogía, la psicología y la medicina en particular, por lo que toca al objeto de nuestra velada de hoy. Comprendo que no es fácil aceptar de entrada y con plena convicción tales nociones. Y, no obstante, así es. Y no solo es así, sino que —pese a todas las resistencias que se alzan para escabullirse— no puede ser de otro modo.
¿Qué significa esto?
El oído —entiendo por ello ese aparato que apenas se alcanza a percibir por su pabellón, que se despliega elegantemente como un signo de interrogación— el oído corre, pues, hacia lo profundo de un modo particularmente complejo y delicado, difícil de comprender incluso (y quizá sobre todo) para el especialista. Por «oído» entiendo también todo lo que se vincula con él al nivel del eje nervioso en el sistema nervioso.
Por razón de su situación anatómica, gracias a su actividad fisiológica y a su función de escucha, el oído se convierte a la vez en origen y en la fuente misma de los procesos que provoca y por los cuales es inducido. Proclamo de buen grado (pero esto solo me compromete a mí) que es el lenguaje —en su alta función lingüística— el que conduce al oído hacia lo que es. Me gusta también añadir que es el oído el que induce —en el sentido embriológico de la palabra— al cerebro hacia su dinámica estructural característica.
Así, de etapa en etapa, sobre la fisiología se injerta la función estructurante del lenguaje, apoyándose esta a su vez en la arquitectura anatómica. Bajo este aspecto, que la Audio-Psico-Fonología maneja a diario, es interesante advertir cómo una función creada de cero para las necesidades engendradas por la vida comunitaria inclina al organismo a adaptarse a mecanismos que nada permitía prever en apariencia. Basta sopesar el ejemplo de la escritura y la lectura para verificar la autenticidad de estas palabras.
Así ocurre con el oído tan estrechamente implicado en la función del lenguaje. Y, no obstante, las capacidades primitivas, fisiológicas —a menudo soslayadas ante la emergencia del nuevo uso impuesto por el acto del habla— permanecen operantes. Más aún: bajo un buen uso, serán perfeccionadas y llevadas a la cima de su eficiencia.
¿Qué son, pues, esas capacidades primitivas?
Unas son conocidas, o al menos percibidas como tales; otras permanecen desconocidas y, por ello, inexplotadas en nuestras construcciones fisiológicas. Es al oído —en su parte vestibular— a quien debemos los primeros mecanismos laberínticos, que agrupamos bajo el término de equilibrio. Pero, mirando más de cerca, de esa noción de equilibrio emerge la noción de una captación global del cuerpo gracias al conjunto sensoriomotor formado por el utrículo, junto con los canales semicirculares, y por el sáculo. Esa capacidad de «tomar a manos llenas» el cuerpo implica una postura tónica, viva, del músculo, así como un conocimiento latente de su propio sentir. Esa conciencia propioceptiva embrionaria se cristaliza con tanta mayor facilidad cuanto que el universo circundante empieza a existir a través de la integración sensorial de la vista, a la que se suma el tacto. Entonces el ser que despierta en sí puede situarse en el universo que lo envuelve.
La captación y la comprensión de ese universo serán tanto más fáciles cuanto más los territorios vestíbulo-somáticos, que llamaremos «campos integradores vestibulares», estén acordados, armoniosamente acoplados a los integradores visuales, gracias a conjuntos neurológicos que engranan en varios niveles entre el ojo y el vestíbulo.
Al segundo piso —que aparece filogenéticamente más tarde en el oído interno, a saber la cóclea, y desarrollado con singular adelanto respecto al crecimiento del encéfalo— corresponde el mérito de instaurar e introducir la función del lenguaje. Esa función, que no sabríamos designar mejor que como «integrador coclear-vestibular», organizará el acoplamiento del integrador vestíbulo-somático con el complejo que traduce la realidad funcional coclear-cortical y sus respuestas temporo-ponto-cerebelo-dento-rubro-tálamo-corticales. Esta última bucle, algo descorazonadora para el no iniciado, nos revela el compromiso total del cuerpo y del encéfalo mediante la proyección de la corteza cerebral sobre el cerebelo —el cual, entretanto, gracias al conjunto vestíbulo-somático, ya ha recogido las informaciones que emanan del cuerpo.
¿Qué significa esto en el fondo? Significa que el sonido, la palabra, la frase no solo son recibidos en el sentido en que lo imaginamos, como si el oído fuera un micrófono, sino integrados —es decir, literalmente absorbidos por todo el cuerpo y en todo el cuerpo. Así, todo el eje nervioso está implicado en el acto del habla, y la memoria misma está corporalmente incorporada, gestualmente inscrita.
La Audio-Psico-Fonología se preocupa por la armonización de los diferentes pisos de integración que acabamos de evocar. Al asegurar las distintas coordinaciones, permite instaurar las construcciones corporales y posturales de la buena escucha —noción que requiere, sin duda, ser mejor captada. La audición es, como la vista, un fenómeno en el que podemos reconocer grados de permiso, de consentimiento. Oír permanece todavía en el dominio de lo pasivo, mientras que escuchar implica un acto de asentimiento deliberadamente expresado.
¿De qué manera obtenemos esos resultados? Gracias a dispositivos electrónicos, uno de los cuales se llama Oído Electrónico. Bajo esa denominación genérica, ese dispositivo —es evidente— ha sufrido numerosas modificaciones bajo el empuje de las investigaciones experimentales. Sin entrar por ahora en la técnica pura, diremos que el Oído Electrónico tiende a comportarse como un «modelo» —o lo que llamamos un «simulador»— que imita el mecanismo del oído humano. No sé si lo hemos logrado plenamente, tantos son los misterios que el oído humano aún encierra; pero lo cierto es que, cuando conectamos en paralelo el supuesto «modelo» a la audición del sujeto examinado, las respuestas experimentales confirman que el oído humano realiza una acción adaptativa apoyándose en el modelo propuesto.
Este último opera, en realidad, sobre tres parámetros que, con el tiempo, hemos reconocido como esenciales y fundamentales:
- el primero responde a la anchura de la banda de apertura del diafragma auditivo;
- el segundo concierne a las pendientes que adoptan las curvas de envolvente en esas bandas de paso;
- el tercero, en fin, responde al tiempo de acomodación necesario para que la alimentación auditiva se prepare a cumplir las dos primeras condiciones —tiempo que hemos llamado «tiempo de latencia».
¿A qué nivel actuamos?
Ciertamente a varios niveles.
Uno —el más mecanicista— consiste en considerar el ajuste acomodativo al nivel del oído medio por el simple juego muscular: esto no puede ponerse en duda.
Otro —más fisiológico y más descuidado, y cuya clave nos dio la experiencia de dinamización y de bienestar observada en las personas tras curas bajo el Oído Electrónico— revela que los sonidos tienen un innegable efecto dinamógeno. Es a esa dimensión a la que aludía más arriba, al decir que ciertas funciones del oído han sido apartadas del universo fisiológico por ignorancia. Ahora bien, los zoólogos conocen perfectamente la influencia energizante de las funciones vestibulares y, luego, de las cocleares.
Hoy sabemos que, para que el cerebro sea dinámico, activo, necesita estimulaciones. Algunos afirman que provienen principalmente de las contrarreacciones gravitacionales —lo que significa para nosotros que el laberinto está aquí ampliamente implicado. Otros sostienen que se trata sobre todo de las respuestas de la sensibilidad musculoarticular durante los movimientos —lo que significa para nosotros que el vestíbulo entra directamente en ese proceso; otros aún, como nosotros por ejemplo, hablan de la posibilidad de una estimulación por los sonidos —es decir, en el nivel mismo de la cóclea. En suma, que cada cual se ponga a enumerar una por una las distintas funciones de la actividad humana frente a esa dinamización cortical —y quedará sorprendido de la parte significativa atribuida al oído interno.
Esa capacidad energizante está, por supuesto, fuertemente disminuida si el oído es poco o mal utilizado. La Audio-Psico-Fonología se propone poner en marcha o restablecer la acción de esa capacidad dinamizante en el marco de una vía educativa que implica, además del Oído Electrónico, toda una programación sonora elaborada en función del campo en que se desarrolla la acción pedagógica, psicológica o médica. Esa programación tiende a seguir la evolución de la génesis de la función de escucha. Comienza desde los primeros momentos de la puesta en marcha del aparato auditivo —es decir, en el seno de la vida intrauterina— y tiende a alcanzar, y luego a rebasar, el punto en el que una fijación «psicológica» parece haber detenido esa marcha. Las llamadas pruebas «de escucha» nos informan de los lugares de esas fijaciones y permiten seguir su resolución. Nos dan también la posibilidad de conocer y definir nuestra acción, así como nuestros límites.
Con la Audio-Psico-Fonología no hacemos, en efecto, milagros. Pero tenemos hoy la certeza de que podemos aportar una ayuda eficaz tanto al pedagogo como al psicólogo y al médico —hasta el momento de obtener una audición enteramente entregada a la Escucha, así como una dinámica corporal centrada en el lenguaje, en la que se inscribe —en una perspectiva muy distinta— lo que a mi juicio se llama desafortunadamente lateralidad.
Esta visión general de la Audio-Psico-Fonología, con sus vínculos médico-psico-pedagógicos, nos será por lo demás presentada en la experiencia —pues nuestros colegas audio-psico-fonólogos nos introducirán en un universo que es a la vez el nuestro, por pertenencia a este ámbito, y el suyo. Cada uno de los ponentes nos permitirá ya mañana beneficiarnos de su experiencia dentro de su especialidad —respecto a la dimensión que aportan los fenómenos cristalizados en torno a la Escucha.
Por lo demás, la densidad del programa que se anuncia ampliará aún más el campo de la Audio-Psico-Fonología, pues permitirá saber qué puede aportar nuestro enfoque al psiquiatra, al logopeda, al músico en particular, así como al especialista en lingüística aplicada.
A juzgar por la riqueza de las informaciones recibidas durante las jornadas de Toronto consagradas a la dislexia, sigo convencido de que la materia será fecunda —con la esperanza de que abra el diálogo, para que pueda avanzar nuestro trabajo, cuya única y exclusiva aspiración sigue siendo llevar ayuda a aquel de nosotros que se halla en dificultad.
Les permito tomar aliento, para que mañana regresen a nuestro lado con los oídos abiertos y a la Escucha. Y es precisamente porque nos habrán escuchado que sabremos entendernos.
Alfred A. TOMATIS
Presidente de la Asociación Internacional de Audio-Psico-Fonología
Conferencia inaugural en el Congreso de Montreal, 8 de mayo de 1978
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Este texto ha sido restituido a partir de la versión polaca de nuestros archivos, al no obrar en nuestro poder el original francés de la conferencia de 1978; debe verificarse cotejándolo con la fuente primaria.