« Los sonidos representan uno de los alimentos del cerebro, garantizando su buen funcionamiento. »

En breve — ¿Y si el oído fuera mucho más que un órgano de la audición? Esta película de unos 58 minutos toma al espectador de la mano para recorrer, imagen tras imagen, toda la teoría de Alfred Tomatis. Se parte de lo infinitamente pequeño —la agitación de las moléculas, ese « movimiento browniano » del que nace el sonido— para remontar hasta lo infinitamente íntimo: la voz de la madre, oída en el agua del útero, que imprime en nosotros el primer ritmo y el primer deseo de comunicar. Entre ambos extremos, la película relata la evolución del oído del pez al hombre, el minúsculo músculo del estribo que « afina » nuestra escucha, la primacía del oído derecho para la palabra, y esta idea sorprendente: no es el mundo el que entra en el oído, es el oído el que va a buscar el mundo —porque el cerebro le ordena qué escuchar. Una hora para comprender, como dice Tomatis, que « el hombre es un oído en su totalidad ».

Los puntos clave

  • El sonido alimenta el cerebro: no se trata de una imagen. Para Tomatis, los sonidos —y la verticalidad que impone el oído— aportan una parte esencial de la energía cortical. Privar de estimulaciones es deshacer.
  • Oír no es escuchar: se puede tener un oído perfecto y no escuchar; se puede tener un resto auditivo y querer escuchar con todas las fuerzas. Escuchar es un acto, una postura, un deseo.
  • El oído es, ante todo, un generador de energía y un órgano del equilibrio: su parte más arcaica, el vestíbulo, manda sobre todos los músculos del cuerpo « desde el cuero cabelludo hasta el dedo del pie ».
  • El atleta del estribo: convertirse en cantante, lingüista o « escuchante » es convertirse en un virtuoso del músculo del estribo, el más pequeño (6 mm) y el más reciente del cuerpo.
  • El oído derecho es director: para el lenguaje, el camino por el oído derecho es el más corto; pasar al izquierdo pone al otro « a distancia » y complica la comunicación.
  • El gran vuelco: se creía que la información subía del oído al cerebro al 100 %. Hoy se sabe que lo esencial de las fibras desciende del cerebro hacia el oído. Nosotros elegimos lo que escuchamos.
  • Todo empieza en el útero: el feto tiende el oído hacia la voz de su madre, percibida en los agudos a través del agua. Devolver esa escucha primera reabriría el oído adulto.
  • La madre, el padre y el lenguaje: la madre da la seguridad y el deseo de vivir; el padre es el Logos, « el lenguaje y la ley », el puente hacia los demás.

El sonido, ese alimento invisible

La película se abre con una idea fuerte: el hombre no vive solo de los productos de la tierra. Necesita otras fuentes de energía, y entre todos los « campos energéticos » que lo animan, el sonido es esencial. « No podemos prescindir del sonido más de lo que podemos prescindir de la luz », afirma el comentario. Los sonidos son uno de los alimentos del cerebro.

Pero ¿qué es un sonido? La película se remonta al origen: el susurro continuo provocado por la agitación incesante de las moléculas —el movimiento browniano, mostrado al microscopio—, esa trama sonora que en principio no podemos oír. Nuestro oído percibe un sonido cuando un impulso, un cambio de presión, viene a modificar esa agitación molecular de manera sensible. La materia tiende a amortiguar la ruptura del equilibrio; cuando esta es demasiado violenta, se propaga en vibración, en onda, caracterizada por su frecuencia. Un sonido grave provoca pocas conmociones del medio por segundo; un sonido agudo determina una multitud. Cuanto más sube el sonido, más aumenta el número de frecuencias.

El sonido puro de un laboratorio es una rareza: en la naturaleza, los sonidos son complejos, cuyo timbre depende de sus componentes. Y el medio cuenta: según las paredes que nos rodean, el sonido es absorbido o devuelto —es la reverberación. Pueden incluso encontrarse lugares « muertos » acústicamente. Coloque a un cantante en una cámara sorda: su voz, por bella que sea, parece débil y sin timbre, y hace falta un esfuerzo considerable para expresarse en ella.

La catedral y la cámara sorda

La película se detiene en el efecto de un medio reverberante sobre el ser humano. En una catedral, el centro de gravedad parece cambiar: se tiene la impresión de ser arrastrado hacia lo alto, llamado a una verticalidad mayor. Un medio así da estimulaciones —y de esas estimulaciones el cerebro tiene necesidad para mantenerse despierto, creativo, consciente.

A la inversa, un medio que priva de estimulaciones, que instala una « privación sensorial », puede conducir hasta un estado de no actividad, de demolición de la estructura, incluso a un estado depresivo. De ahí este consejo sencillo: recordar que el sonido es necesario, al menos tanto como la alimentación, y no tratar de enmoquetar el propio interior en exceso. Querer « meter la cabeza en algodón » es una llamada al capullo —pero el primer capullo, el del útero, era al contrario particularmente sonoro.

Cómo empezó todo: los cantantes y el oído

La película presenta entonces a Alfred Tomatis, médico otorrinolaringólogo, y traza el origen de sus investigaciones. Se anudan tres hilos: la radiología, que lo orienta hacia la audición; su paso por los laboratorios de fisiología del Ejército del Aire, donde observa en masa a personas que trabajan en el ruido; y el hecho de ser hijo de cantantes, lo que le aporta muy pronto una clientela de cantantes.

La observación decisiva: al practicar exámenes audiométricos a sus cantantes, Tomatis descubre que presentan la misma curva de lesiones auditivas que los obreros sumergidos en el ruido. Su conclusión: los cantantes rompen sus oídos con su propia voz. La lesión se sitúa siempre en el mismo lugar, en los agudos, alrededor de 4000 Hz. De ahí germina una idea audaz: ¿y si se pudiera modificar la voz actuando sobre la escucha? Hacia 1946-1947, fabrica filtros —difíciles de elaborar entonces— capaces de hacer oír a un sujeto en tal o cual franja de frecuencias. Al reproducir en grandes cantantes la « lesión » observada, los ve cantar desafinado a voluntad. « Se canta con el oído », concluye: la laringe no hace más que adaptarse a lo que el oído le dicta.

El oído derecho, director de orquesta de la voz

Otro descubrimiento que la película pone en escena: los dos oídos no se movilizan de la misma manera. El control de la escucha se hace por un solo oído, el derecho —al menos así debería ser. La película lo demuestra mediante un experimento: si se enmascara progresivamente el oído derecho de un cantante con un ruido, su voz pierde poco a poco su timbre, su volumen, y hasta su afinación. Se observa incluso que la musculatura de su boca, primero tirada hacia la derecha, bascula hacia la izquierda a medida que se ve obligado a controlarse por el oído izquierdo.

La explicación es anatómica. El análisis de los sonidos se hace en un área del hemisferio izquierdo; como las conexiones nerviosas están cruzadas, es el oído derecho el que accede a ella más directamente. Para la voz, es el nervio recurrente derecho, corto, el que manda sobre la laringe; a la izquierda, el recurrente pasa bajo la aorta, y el camino se alarga de 40 a 60 cm —un trayecto « de 100 a 200 veces más largo » en el tiempo. El primer trabajo del niño, antes incluso de hablar, será coordinar las dos mitades de su cuerpo y orientar poco a poco su escucha hacia la derecha. Por eso el lactante empieza por bisílabos —papá, pipí, popó.

La película hila una metáfora elocuente: estar a la escucha por el oído derecho es como sujetar un caballo con riendas de 30 a 60 cm —se sigue siendo dueño. Pasar a la izquierda es distanciarse, poner al otro a 70 o 140 metros: una protección, a veces una huida. Pero con riendas de 140 metros, « es el caballo el que conduce ».

El viaje del oído, del pez al hombre

Una larga secuencia de la película traza la evolución del oído, y es sin duda su más bella pieza de pedagogía. El oído humano comprende tres pisos: el oído externo (el pabellón, el conducto, el tímpano), el oído medio (la caja del tímpano y sus tres huesecillos —martillo, yunque, estribo) y el oído interno, el laberinto.

La película remonta el hilo de lo vivo. En organismos muy simples ya se encuentra un nervio lateral, provisto de « centrales energéticas » que funcionan bajo la acción de la corriente. En ciertos peces como la pintarroja aparece la línea lateral: un tubo hueco, lleno de agua, tapizado de células ciliadas, que desempeña un doble papel —generar energía nerviosa e informar al pez sobre sus desplazamientos y la fuerza de la corriente. Luego ese tubo se contrae y se cierra para convertirse en la vesícula otolítica, a la que se añade una pequeña masa calcárea, un « guijarro »: cada movimiento del animal hace moverse los líquidos y esa masa, generando energía y midiendo los desplazamientos.

La salida del agua impone complejizar el aparato para luchar contra la gravedad. La película avanza una idea fuerte: la postura vertical sería, en la evolución, el estadio más económico y el más rentable en energía. En la serpiente, la vesícula se diversifica en sáculo (verticalidad) y utrículo (horizontalidad), pronto completado por los canales semicirculares que controlan los movimientos. Aparece después el lagena y luego, en los mamíferos, la cóclea —el instrumento de análisis de los sonidos. Siempre los mismos materiales: células ciliadas que se mueven en líquido.

El vestíbulo, ese cerebro primitivo

En el hombre, esos elementos forman el laberinto, el oído interno: a la vez generador de energía y controlador de todos los movimientos del cuerpo. Los nervios procedentes del sáculo, del utrículo y de los canales semicirculares forman el nervio vestibular, que desemboca en los núcleos vestibulares —cuatro en total. Tomatis insiste: esos núcleos operan como un verdadero cerebro primitivo.

De ahí parten órdenes hacia todos los músculos del cuerpo, sin excepción: « no hay un solo músculo que no se beneficie de una orden procedente del vestíbulo ». Cada postura, cada equilibrio queda así orquestado, en relación con el cerebelo, y coordinado entre los dos lados del cuerpo. La película recuerda también que el oído está conectado, por un ramo del nervio simpático, con las funciones neurovegetativas como la respiración. De ahí una observación sobre la sordera: los sordos no están tan desprovistos como se cree, porque a menudo solo falla la cóclea —su vestíbulo, en cambio, funciona. Sin laberinto alguno, en cambio, « el ser queda reducido a un montón de trapos ».

Nacer al sonido: la escucha fetal

La película aborda entonces el corazón del pensamiento tomatiano: la audición antes del nacimiento. Desde el cuarto mes y medio, el embrión se baña en un universo sonoro extraordinariamente rico —ruidos viscerales de la madre, ritmo de su respiración, latidos de su corazón, esos ritmos primitivos que se imprimen en nosotros para toda la vida. Y, más lejana pero esencial, la voz materna, hacia la cual el feto tiende el oído.

El nacimiento se relata como una conmoción sonora. El agua desaparece de golpe; el niño lanza su primer grito y oye por primera vez su propia voz —aún velada, porque queda líquido en su oído, todavía afinado con las frecuencias agudas. Luego el oído externo se vacía, su voz se apaga, y el niño atraviesa días de cuasi silencio, asaltado por los ruidos de su propio cuerpo, centrado en sí mismo. Poco a poco, sonidos le vuelven desde lejos —sobre todo los graves al principio— y tiende de nuevo el oído hacia la voz que reconoce, como antaño en su noche fetal. Empieza todo un reaprendizaje, que durará semanas, meses, años.

¿Cómo llegó Tomatis a esta idea? La película se lo hace contar: por un escrito que lo había impresionado, siendo estudiante —el del inglés Negus, según el cual los huevos de pájaros cantores incubados por pájaros no cantores daban pájaros que no cantaban— y por su práctica con niños con dificultades escolares. Remontando la edad de la escucha, del niño al lactante, del análisis del primer grito hasta las puertas de la vida uterina, llega a sumergir micrófonos y auriculares en el agua para saber qué oye un feto.

El experimento del agua y el secreto de los agudos

La película reconstituye ese primer experimento. Una grabación de la voz materna —la única que el feto oye « desde dentro », transmitida por la columna vertebral de la madre— pasa por una cuba de agua salada que figura el líquido amniótico. Un micrófono capta lo que atraviesa la capa de agua, y un analizador de sonidos revela qué frecuencias pasan. Filtrando progresivamente los graves, Tomatis demuestra, a veces de modo discutido, que los sonidos agudos pasan a través del agua.

¿Por qué este interés por los agudos? Porque el oído del embrión, enteramente lleno de líquido, desempeña él mismo un papel de filtro que privilegia los sonidos agudos. Desde hace casi treinta años, dice la película, Tomatis observa las reacciones espectaculares de personas que vuelven a escuchar la voz de su madre así filtrada. Clínicamente, el niño « se despierta, se enciende, quiere crecer, quiere hablar », entra en una dinámica de relación. Los agudos, explica, dan energía: la franja de las frecuencias agudas moviliza muchísimas células nerviosas —unas 24 000 por encima de 4000 Hz, frente a unas pocas decenas en los graves— e impone a la cabeza, y por tanto al vestíbulo, una postura que endereza el cuerpo. Así, el sonido agudo recarga el cerebro y endereza al sujeto.

La postura de la escucha

La película insiste en este vínculo entre el sonido y el cuerpo. Envíe agudos, y se ve a la persona enderezarse, abandonar la postura encorvada del « tubo digestivo » para tomar la postura vertical de la escucha. Es el paso de la cara oral, digestiva, a la cara de la palabra. El vestíbulo toma su posición ideal, el sáculo su verticalidad, el utrículo su horizontalidad —y todo el cuerpo sigue.

Para que el lenguaje sea bello, dice Tomatis, hace falta que la columna vertebral sea estrictamente vertical, las clavículas horizontales. Si los sonidos influyen en la postura, esta postura influye a su vez en la voz y en la escucha, positiva o negativamente. La película lo ilustra con casos concretos: un joven que, con solo mantenerse más erguido, recupera una voz más firme y un ritmo más rápido.

Sonia, y lo que la cura puede reabrir

La película da la palabra a una familia. Sonia, considerada largo tiempo muy autista, escolarizada en una escuela para niños con grandes dificultades, no manifestaba ningún sentimiento y se aislaba en juegos repetitivos. Tras tres curas de tres semanas en el centro Tomatis, su madre testimonia: la niña busca ahora su compañía, desea quedarse con ella, ha progresado catorce meses en los tests de vocabulario en tres meses, juega con los demás niños, ha pasado a una escuela normal. Y su cuerpo ha cambiado: antes muy encorvada, se mantiene erguida, camina mejor, corre más rápido, salta en la cama elástica, ha ganado en equilibrio. Una transformación que la película presenta como espectacular —sin darla por única.

Para Tomatis, la voz materna lleva un impacto psicológico enorme: alimento sonoro, da al feto un sentimiento de seguridad y le transmite el deseo de vivir y de comunicar. Pero el oído no es un simple receptor; está ligado al psiquismo por mecanismos sutiles.

El oído electrónico y los músculos de la escucha

La película describe entonces el mecanismo fino de la escucha. El tímpano, comparado con una membrana de tambor, se tensa o se relaja según la intensidad de los sonidos, bajo la acción del músculo del martillo: cuanto más débil es el sonido, más se tensa el tímpano para vibrar mejor; cuanto más fuerte es, más se relaja la membrana para proteger el oído. Más profundo, el estribo y su músculo forman un segundo sistema de regulación: por un juego de presión, apacigua o amplifica los movimientos de los líquidos del laberinto, permitiendo un análisis óptimo de los sonidos.

Pero estos dos músculos pueden ser desviados hacia un mecanismo de defensa —no contra sonidos demasiado violentos, sino contra palabras o voces sentidas como una agresión. Se puede así, sin taparse los oídos, negarse a oír a quien nos molesta. El riesgo es habituarse a ello: los músculos se relajan, el oído pierde su poder de acomodación, y la comunicación se enturbia —convirtiéndose el oído en una pantalla que enmascara o deforma la realidad.

De ahí el oído electrónico, desarrollado por Tomatis: un simulador de oído que « remusculiza » el oído medio, reeduca la escucha y la reorienta hacia el oído derecho. La cura se asocia a un enfoque psicológico y hace oír cintas ricas en sonoridades agudas, destinadas a energizar al paciente.

Mozart, el gregoriano y el parto sónico

La película dedica una secuencia a la música. Mozart, cuenta Tomatis, fue « codificado » muy pronto —vida uterina bañada de música, madre feliz, medio musical desde el nacimiento—, lo que explicaría su creatividad precoz y su conexión permanente con « lo que el universo puede cantar ». Hacer oír Mozart en la cura, tras una fase « uterina », pone al sujeto en postura de verticalidad y lo hace entrar en una creatividad extraordinaria.

La cura sigue una dramaturgia: un « Mozart uterino », luego un parto sónico —el paso de la audición intrauterina a la audición aérea, con su cambio de impedancia—, luego la entrada en el prelenguaje por el canto gregoriano. El gregoriano, subraya Tomatis, asocia dos ritmos fisiológicos: la respiración más larga posible y el latido cardíaco más lento posible.

La madre, el padre y el puente del lenguaje

La película cierra el círculo sobre el lenguaje y sus figuras. El prelenguaje —esos primeros balbuceos de antes de la marcha— es un « juego sónico » compartido primero con la madre, en una lengua que solo es para ella. Luego llega el día del encuentro con la sociedad, y ahí interviene el padre.

Para Tomatis, la madre da una vida « estática », mantiene y tranquiliza; el padre, en cambio, interviene « al nivel mismo de la estructura ». Es el Logos —« el lenguaje y la ley »—, la imagen solar, la alegría de vivir, la dinámica. Es el puente que permite dejar la fortaleza materna para ir hacia los demás y hacia la luz exterior. Y Tomatis advierte: el cordón umbilical no se corta jamás del todo, porque la madre es el símbolo de la vida; cortar con la madre es cortar con la vida; pero sin el padre, no se tiene el impulso, se permanece en el sitio.

Hablar con el oído

La película concluye con la fórmula que lo resume todo: si se canta con el oído, se habla también con el oído. Nunca expresamos más que lo que hemos aprendido a oír. Toda la propuesta de Tomatis consiste en recuperar « ese pequeño ruido agudo » del Nirvana fetal —la voz materna— y reaprender a privilegiar los agudos, para que el oído recupere, en la vida aérea, su potencial de recarga energética, su control de la postura y del equilibrio, y esa facultad de escucha sutil del otro, e incluso « esa facultad del ser humano de, a través de la música o la ciencia, escuchar el universo ».


Puesta en perspectiva

Esta película se rodó en los años 1990, en una época en que las teorías de Alfred Tomatis suscitaban todavía muchas reticencias. Hay que recibirla por lo que es: la exposición, por el propio Tomatis, de su propia visión. Algunas de sus grandes intuiciones —el oído estrechamente ligado al cerebro, al cuerpo y al equilibrio, la escucha como acto activo y no como recepción pasiva, la importancia del entorno sonoro prenatal y de la voz materna, la especialización del oído según la lengua— coinciden con temas que la investigación sobre la audición y el desarrollo ha explorado desde entonces. Otras afirmaciones, en cambio, pertenecen a la metáfora o al modelo personal de Tomatis, y la eficacia clínica de su método sigue siendo discutida. Presentamos esta película como un documento de pensamiento y de historia, y no como una demostración científica: a cada cual escucharla con curiosidad y espíritu crítico.


Transcripción íntegra de la película

La transcripción se conserva en su lengua de origen (francés). Transcripción automática revisada. La puntuación y algunos nombres propios pueden contener aproximaciones.

L’homme bénéficie d’un cosmos qui dit non en permanence, stimulation nécessaire à son existence. Les produits de la terre ne suffisent pas à le maintenir ; en lui, il a besoin d’autres sources d’énergie. Parmi ces champs énergétiques variés qui l’activent et l’animent, le son en est un essentiel. Nous ne pouvons pas davantage nous passer de son que de lumière, par exemple. Les sons représentent en effet l’une des nourritures du cerveau, assurant son bon fonctionnement.

Encore faut-il définir ce qu’est un son, et nous allons le rappeler. L’origine des sons est, semble-t-il, le bruissement continu provoqué par l’agitation incessante des molécules. C’est là une sorte de trame des sons que nous ne pouvons, en principe, pas entendre. Cette agitation permanente est appelée mouvement brownien — nous vous en envoyons ici un modèle filmé au microscope. Notre oreille perçoit un son lorsqu’une impulsion, soit un changement de pression, modifie de manière sensible cette agitation moléculaire. De façon générale, la matière tend à amortir cette rupture d’équilibre, mais il arrive qu’elle soit tellement violente qu’elle casse la matière. Cette rupture d’équilibre forme une vibration, une onde ; elle est caractérisée par sa fréquence, basse ou autre. Un son grave provoque peu d’ébranlements du milieu ; on mesure donc peu de fréquences par seconde. Un son aigu, en revanche, détermine une multitude d’ébranlements : on peut calculer alors de nombreuses fréquences par seconde. En d’autres termes, plus le son monte, plus le nombre des fréquences augmente.

Le son pur que nous entendons en ce moment est un objet de laboratoire. Dans la nature, les sons sont des complexes ; leur timbre est fonction de leurs composantes. Il existe en outre des milieux plus ou moins sonores. Ce phénomène de réverbération est lié, si l’on est à l’intérieur, à la nature des parois qui nous entourent : elles absorbent ou, au contraire, renvoient les sons. On peut même trouver des endroits morts acoustiquement. Si l’on place par exemple un chanteur dans une chambre sourde, sa voix, si belle soit-elle, paraît faible et sans timbre. Dans une cathédrale, au contraire, le fait de parler fait chanter toutes les parois ; la structure elle-même, tout a été étudié pour que, sur le plan acoustique, tout s’éveille. Alors que si l’on entre dans une chambre sourde, à un moment donné, il faut faire un effort considérable, et la communication n’est plus la même.

Nous avons la chance de vivre dans un milieu réverbérant comme celui-ci. Premièrement, notre centre de gravité change : on a l’impression d’être happé en hauteur. Le propre des cathédrales, c’est de changer notre centre de gravité et de nous donner, à un moment donné, une sorte d’appel de verticalité beaucoup plus grand. Quelle est l’influence d’un milieu réverbérant sur l’être humain ? Elle est considérable, parce qu’il donne des stimulations, et de ces stimulations nous en avons besoin pour que le cerveau puisse avoir toujours son appel, dans une dynamique de créativité, d’appel à la conscience. Tandis qu’un milieu qui, à l’inverse, donnerait de plus en plus une déprivation sensorielle, arrive à nous induire jusqu’à un état de non-activité, pratiquement de démolition de la structure, jusqu’à rentrer, à un moment donné, dans un état dépressif qui peut conduire au suicide.

Y a-t-il des choses qu’il faut éviter chez soi ? Eh bien, se souvenir que le son est nécessaire, au moins autant que l’alimentation que l’on prend, et en tout cas ne pas s’amuser à feutrer partout comme on le fait maintenant. Le « tout-feutré » où l’on vit, sur le plan peut-être analytique, c’est un appel à un cocon que l’on cherche. Mais il ne faut pas oublier que le premier cocon, en tout cas le milieu dans lequel on a vécu, était particulièrement sonore : il ressemblait plus à l’ambiance que nous sommes en train d’entendre ici qu’à ce que l’on croit, à un moment donné, trouver en se mettant la tête dans du coton.

Depuis 1945, le professeur, oto-rhino-laryngologiste et chirurgien, a consacré sa vie, en France tout d’abord, à des recherches sur l’audition, puis le langage et la communication. S’il suscite encore des réticences en Europe, ses théories et leurs applications sont largement diffusées au Canada — à l’Université d’Ottawa par exemple, où il a travaillé dix ans, à Montréal, ainsi qu’ailleurs où sont appliquées ces recherches. Elles vont s’ouvrir aux États-Unis ; il en existe déjà un certain nombre en Europe. Nous l’avons rencontré au pied de l’abbaye du Bec-Hellouin, en Normandie, dans un village où il aime se retirer. Ce sont ses propres théories et leurs applications que nous allons vous proposer. Le chercheur a mis en évidence avant tout la relation existant entre l’oreille et le psychisme, et mis au point une cure destinée à rééduquer l’appareil auditif.

— Professeur Tomatis, comment avez-vous commencé vos recherches ?

— On pourrait les résumer sur plusieurs plans. Premièrement, je suis orienté vers la radiologie, et sans doute cela m’a orienté d’emblée vers l’audition. Deuxièmement, étant un ancien de l’Armée de l’Air, j’ai été plongé par chance dans les laboratoires de physiologie de l’armée, que j’ai dirigés ensuite pendant une quinzaine d’années, ce qui m’a donné l’opportunité de voir en masse des gens travaillant dans le bruit, et cela à partir de 1944. Troisième élément, je suis fils de chanteurs ; je me suis installé dès 1947 — et même 1946 — et là j’ai eu énormément de chanteurs, des amis de mon père, qui pensaient que je devais être spécialiste de la question puisque mon père chantait, et que je savais beaucoup de choses sur le chant — ce qui n’était d’ailleurs pas vrai.

Les deux premiers que j’ai vus : l’un était à la chambre, un chanteur mondial qui faisait tout le tour du monde, qui m’a apporté sur un plateau un diagnostic extraordinaire que je ne peux pas réfuter, puisqu’il venait du plus grand qui était proche à l’époque, qui était le grand Cognac. Ce sujet venait me montrer son larynx : il chantait faux. À juste titre, en tout cas en fonction des connaissances de l’époque, on pensait que cela voulait simplement dire avoir des cordes désaccordées, comme des cordes de violon, et qu’il fallait lui redonner les toniques au niveau du larynx. Étant jeune, je démarrais avec le diagnostic de Frœschels ; c’était tout cuit pour justement me lancer là-dedans, et je raisonnais aussi faux à l’époque. Sans doute, parce qu’il chantait faux à partir d’un certain animo, c’était parti d’un demi-bémol : ce genre de faussetés, quand c’est naturel, ça revient toujours sur la même note. S’il avait chanté faux à ce niveau-là, et si vraiment les cordes étaient désaccordées, il aurait dû chanter… Je m’engageais dans le même système, et moi aussi je pensais que des thérapies pouvaient retendre des cordes — notamment de la strychnine. J’en ai donné de si bon cœur, voyant qu’il me chantait toujours faux malgré les années, que j’ai pu lui en donner des quantités si massives qu’il a été gêné, à un moment donné, jusqu’à presque avoir cette envie sur scène… Mais il a chanté faux tout le temps.

Cet incident — ça m’est arrivé deux fois — a fini par me frapper et me faire penser que le larynx, ce n’étaient sûrement pas des cordes que l’on faisait chanter, parce que mon larynx, je l’avais hypertendu, et que mes gens chantaient toujours faux. Et c’est là où il y a toujours quelque chose qui apparaît et qui surgit, toujours du hasard ou de la réflexion, une synthèse qui se fait dans un cerveau qui marche tout seul. Toujours est-il que le rapprochement s’est fait : je faisais des radios, je pensais plus à l’oreille qu’au reste, et l’idée m’est venue de faire, à un moment donné, des examens audiométriques de mes sujets qui chantaient. Et là, je les ai vus, comme des ouvriers : ces gens présentaient la même courbe de dommages, de lésions auditives, que mes gens qui étaient plongés dans le bruit depuis longtemps. La conclusion que j’en tirais, c’est que les chanteurs cassaient leurs oreilles avec la voix qu’ils faisaient.

Effectivement, quand on plonge une oreille dans le bruit, elle fait une lésion. Cette lésion est toujours au même endroit, dans les aigus ; elle commence à un endroit bien spécifique, qui est le 4000 Hz — pour le non-spécialiste, le 4000, c’est un « nut » au-dessus de la flûte. Donc, sur le plan de la communication habituelle, on ne s’en rend pas compte : on peut très bien avoir une lésion à 4000 et vivre. Mais malheureusement cette lésion augmente, en s’élargissant ; elle gagne les aigus et les graves, et à un moment donné, quand elle touche au-dessous d’un demi-Hertz, les ennuis commencent à apparaître : le sujet entend mais ne comprend plus. Ça s’appelle une surdité professionnelle. Eh bien, les chanteurs font une surdité professionnelle.

Ce qui m’intéressait, c’était de voir le rapport : si on pouvait, en touchant cette surdité professionnelle, changer la voix des sujets ou pas. À l’époque, vers 1946-1947, j’ai essayé de fabriquer des filtres. Ça n’existait pas comme maintenant ; en électronique, tout ça est banal aujourd’hui, mais à l’époque c’était difficile de l’élaborer. J’ai fait des filtres, c’est-à-dire des appareils qui, au lieu de filtrer la lumière, filtraient le son, et qui me permettaient de faire entendre des sujets dans telle tranche ou telle autre tranche de son que je voulais — comme si l’on voulait supprimer le rouge d’une vision, le bleu ou le vert. En introduisant chez de grands chanteurs qui avaient de bonnes voix les mêmes filtres, par exemple, que la lésion que j’avais observée chez mes chanteurs au départ — que je voyais chanter faux —, je les ai vus chanter mal, je les ai vus ne plus chanter. J’arrivais donc à changer complètement leur mécanique de réponse. Et là, l’oreille, pour moi, a pris une dimension colossale : j’ai vu qu’on chante avec son oreille, et que le larynx ne faisait que s’adapter à ce qu’elle pouvait lui dicter.

Autre découverte du professeur Tomatis, qu’il fit à peu près à la même époque : les deux oreilles ne sont pas mises à contribution de la même manière. Le contrôle de l’écoute ne se fait que par une seule oreille, et c’est la droite — du moins devrait-il en être ainsi, selon le professeur. Ce déséquilibre nécessaire entre les deux oreilles est tel que, si l’on empêche peu à peu, par une injection de bruit quelconque, un chanteur d’entendre par l’oreille droite, sa voix perd progressivement de son timbre, de son volume et même de sa justesse. Écoutez bien ce qui va arriver à notre chanteur au bout de quelques instants. Parallèlement à ce contrôle par l’oreille droite, on peut observer chez notre chanteur qu’il utilise avant tout la partie droite du visage : c’est toute la musculature de sa bouche qui tire vers la droite. On remarque en même temps que la bouche du chanteur passe de la droite vers la gauche, au fur et à mesure qu’on lui assourdit l’oreille droite, c’est-à-dire au moment où il est obligé de contrôler sa voix avec l’oreille gauche.

Le son va au cerveau, et ensuite retourne dans le larynx pour être contrôlé. Eh bien, le chemin droit est beaucoup plus court. Si on passe par le côté gauche, l’allongement vient de plusieurs faits, et si on étudie les temps qu’il faut pour que tout cela se passe, on se rend compte que le chemin gaucher est 100 à 200 fois plus long, dans le temps, que le côté droit. Tout comme nous avons deux yeux, deux oreilles, deux narines, la bouche, la langue et le larynx sont également divisés en deux et se trouvent sous le contrôle de deux groupes de nerfs différents, à gauche ou à droite. En outre, les deux hémisphères du cerveau ont chacun une fonction différente. Tout ce qui concerne l’audition est analysé dans une aire située à l’extérieur de l’hémisphère gauche. Comme les connexions nerveuses sont croisées, c’est donc l’oreille droite qui est utilisée directement, et par le chemin le plus court. Il en va de même pour le contrôle de la partie droite de la bouche et du larynx par le nerf récurrent, qui passe sous l’artère. Si l’oreille droite est abandonnée au profit de l’oreille gauche, le chemin va s’allonger considérablement : à droite, le cerveau ne comporte aucune zone prévue pour l’analyse des sons, il va donc renvoyer l’information à gauche ; et si depuis là la commande est envoyée au larynx gauche, le chemin s’allonge de 40 à 60 cm, car le récurrent gauche passe sous l’aorte.

Le premier travail de l’enfant, avant même d’apprendre à parler, va être de coordonner les deux parties de son corps, dont la symétrie n’est qu’apparente, et de diriger progressivement son écoute avec son oreille droite. C’est pour cette raison que le nourrisson commence toujours par dire des choses en bisyllabique : papa, pipi, popo. Il ne le fait pas comme je vous le dis — écoutez bien, ça n’arrive pas « pipi popo » un grave, ou alors « papa, pipi, popo » en fonction du larynx qui démarre.

— À quel âge se met en place l’écoute parlante et droite ?

— Dès l’instant où va s’introduire la communication. On a la chance, si l’on prend la voie droite, qu’il n’y ait pas de problème, ça va tout seul. Pour peu qu’il y ait quelques problèmes — et ces problèmes sont toujours des choses qui ne se font pas, des erreurs de départ, la personne qui était là, comme on l’a rencontrée, qui est en règle la mère, ne se faisant pas —, eh bien, on risque de voir l’enfant basculer, passer du côté gauche. Le côté gauche donne un avantage : le chemin est plus long, il donne aussi l’impression de mettre l’autre à une certaine distance, une zone de protection, une sorte de fuite. Et si on s’amuse à calculer — je disais le temps, mais le son évoluant dans l’espace en fonction du temps peut aussi nous donner des distances — : être droitier de l’oreille, c’est s’écouter et écouter l’autre comme si on était collé à lui, avec des distances de l’ordre de 30 à 60 cm. Si on met l’oreille gauche, on se distancie facilement, comme si on était entre 70 et 140 mètres. On a créé donc une sorte de défense. Je prends un exemple un peu brutal : un père peut brailler tant qu’il veut, l’enfant se met à 40 mètres, et le père a l’impression de perdre tout ce qu’il veut ; l’autre a l’air d’être protégé. L’inconvénient, c’est que si on ne sait pas rebasculer ensuite sur l’oreille droite, eh bien, quand on voudra s’entendre soi-même, on s’en trouvera gêné, car à un moment donné on est perdu, on ne trouve pas l’image de son instrument. Ce serait vouloir conduire un cheval : si les rênes sont de l’ordre de 30 à 60 cm, on est maître du cheval ; si on a des rênes de 140 mètres, c’est le cheval qui conduit.

Anatomiquement, rappelons-le, l’oreille comporte trois étages. Le premier, l’oreille externe, avec tout d’abord le pavillon, seul élément visible de l’oreille, et dont la forme permet déjà un rôle d’amplification et de filtrage : c’est un ensemble de cartilages, de muscles et de ligaments. Du pavillon, par le conduit auditif externe, fermé au fond par une membrane, à gauche de l’image, qui joue un rôle très important dans la fonction d’écoute : c’est le tympan. Maintenant, si l’on traverse le tympan, on débouche sur l’oreille dite moyenne, nommée caisse du tympan, où l’on va rencontrer trois osselets : le marteau, l’enclume et l’étrier. Cette chaîne des osselets représente un système essentiel, selon le professeur Tomatis, dans le réglage et l’adaptation des sons. Les trois osselets débouchent enfin sur le dernier étage, le plus profond et le plus complexe : l’oreille interne, nommée labyrinthe. C’est un appareil comportant, à droite de l’image, un centre contrôlant l’équilibre, ainsi que, à gauche sur votre écran, la cochlée, instrument d’analyse des sons et de recherche énergétique.

C’est une sorte de coque remplie de liquides et tapissée de cellules sensorielles. On en observe déjà une ébauche très primitive avec l’hydroméduse, un organisme très simple chez qui l’on remarque un nerf latéral. Ce nerf est équipé de centrales énergétiques et fonctionne sous l’action du courant de l’eau. Au cours de l’évolution des espèces, ce système, tout en restant fondamentalement le même, va se perfectionner et s’adjoindre un appareil d’orientation. Chez certains poissons comme la roussette, au nerf latéral s’ajoute le tube latéral : c’est un tube creux qui borde l’œil et entoure le poisson ; on le retrouve de chaque côté de l’animal. Ce tube creux est rempli d’eau, car il est pourvu d’ouvertures lui permettant d’être en communication avec le milieu extérieur, c’est-à-dire l’eau. Ce tube fonctionne comme un générateur d’énergie — énergie qui va être distribuée sous forme d’impulsions nerveuses, permettant ainsi au poisson de bouger.

Vu de dessus, le tube latéral, percé d’orifices, est doublé par un nerf appelé nerf latéral. Pour fonctionner comme générateur d’énergie, ce tube latéral, qui est donc rempli d’eau, est tapissé de cellules sensorielles appelées aussi cellules ciliées : ce sont des cellules garnies de cils et disposées en petites rangées. C’est l’eau qui passe dans le tube qui fait vibrer les cils à de très hautes fréquences ; les stimulations ainsi provoquées sont alors transmises au nerf latéral, qui les convertit à son tour en impulsions nerveuses. Ce même tube latéral répond à une deuxième fonction : si l’agitation des cils provoque de l’énergie nerveuse, l’angle que ces cils forment avec la surface du tube varie selon les déplacements du poisson. Les mouvements de ces cils permettent ainsi au poisson de connaître la nature de ces déplacements et la force du courant : il ressent par exemple s’il descend ou s’il monte vers la surface.

Dans la chaîne de l’évolution, et chez certains poissons déjà, la ligne latérale va se contracter et se refermer pour devenir la vésicule otolithique. Premier avantage : en supprimant toute la longueur de la colonne d’eau, on supprime aussi le facteur d’inertie qu’elle représentait. Cette vésicule otolithique travaille exactement comme l’ancien tube latéral, avec des cellules ciliées plongées dans un milieu liquide. Ainsi que la ligne latérale, la vésicule otolithique est sensible aux variations de déplacement du liquide, qui sont désormais à l’intérieur. Pour augmenter cette sensibilité, elle s’adjoint une petite masse calcaire, sorte de caillou : chaque fois que l’animal tourne la tête, change de position, il fait bouger les liquides et cette masse, générant ainsi de l’énergie et mesurant en quelque sorte ses déplacements.

La vie aquatique ne posait pratiquement pas de problème de pesanteur, mais dès que l’animal va sortir de l’eau pour s’engager dans la vie aérienne, il lui faut complexifier son appareil afin de répondre à des besoins énergétiques accrus, et afin de contrôler désormais de mieux en mieux sa verticalité. À en juger par la démarche de l’évolution, la posture verticale constituerait, pour l’instant, le stade le plus économique sur le plan des dépenses vitales et le plus rentable en production énergétique. Chez le serpent par exemple, la vésicule otolithique se complexifie et se diversifie en un saccule, chargé de contrôler la verticalité, et en un utricule, qui veille à l’horizontalité de l’animal. À l’utricule s’ajoute un appareil de canaux semi-circulaires, dont le rôle va être de contrôler les mouvements. Même si l’appareil se complexifie, son rôle reste fondamentalement le même : engendrer de l’énergie et contrôler les mouvements. Les matériaux utilisés n’ont pas changé : des cellules ciliées bougeant dans du liquide.

Lorsque apparaît, chez certains animaux, une nouvelle adjonction nommée lagena, on peut observer que certains d’entre eux redressent sensiblement la tête. Ce lagena est développé au maximum chez les oiseaux, chez qui l’on rencontre une ébauche d’oreille moyenne. Va lui succéder la cochlée, dont la présence va déterminer la verticalité et qui est également l’instrument spécifique d’analyse des sons. Ce sont ces différents éléments qui forment, chez l’homme, le labyrinthe, c’est-à-dire l’oreille interne. C’est un générateur d’énergie, et il permet également de contrôler tous les mouvements du corps. Enfermée dans une coque qui va fabriquer ce qu’on appelle le labyrinthe osseux, émergent de là des nerfs : ceux du recul, du circuit de chacun des canaux semi-circulaires, pour fabriquer ce qu’on appelle le nerf vestibulaire, lequel aboutit, à un certain niveau, aux noyaux vestibulaires. Les noyaux vestibulaires sont au nombre de quatre, et grâce aux nerfs qui vont partir de ces niveaux — et je dois bien signaler que ces quatre noyaux opèrent comme un cerveau primitif, c’est un vrai cerveau —, une commande va être faite sur tous les muscles du corps, sans exception.

Il n’y a pas un muscle qui ne va bénéficier, à un moment donné, d’une commande venant du vestibule. Autrement dit, chaque fois que je vais être obligé de prendre n’importe quelle posture ou d’équilibre, grâce au jeu du labyrinthe, eh bien, je vais avoir une information envoyée à mes muscles, et je vais prendre la posture bien définie. Sans entrer dans les détails — c’est un peu trop long —, chaque muscle, bien sûr, envoie l’information de sa position ; ça retourne, à un certain niveau, dans un relais qui va être un peu plus haut. Ce relais est au niveau d’une partie du cervelet, mais le cervelet lui-même est informé par les noyaux du vestibule, qui va donner, à un moment donné, une transmission pour savoir aussi collecter ces informations et les renvoyer au vestibule. Bien : il y a à tout moment un jeu du vestibule, qui sait tout ce qui se passe, et il joue des deux côtés. Il y a une sorte de connexion qui va se faire, parce qu’un des noyaux — celui-ci, le plus interne des noyaux de relais, celui que nous avons dessiné ici, le noyau de Deiters qui est ici — va de l’autre côté et va pouvoir innerver le muscle de l’autre côté.

Chaque commande, tout ce que nous voulons faire à un moment donné, nous avons la possibilité de le réaliser et de le faire, même en fonction de notre volonté, parce que tout est apprêté par un labyrinthe qui met tout en fonction. Si vous voulez, le labyrinthe organise tout le moteur, et notre volonté, grâce à un faisceau qu’on appelle le faisceau pyramidal, eh bien, c’est le conducteur. C’est de l’oreille encore, et du tympan plus précisément, que par l’un des rameaux du nerf sympathique — nerf qui va contrôler les fonctions du système neuro-végétatif, la respiration, etc.

— L’oreille est-elle sourde dans ces conditions ? Les sourds ne sont-ils pas démunis ?

— Les sourds ne sont pas aussi démunis que l’on croit ; c’est une question qui vient toujours à l’esprit, il est vrai. Mais les sourds ont le vestibule qui marche très fort ; ce qui leur manque, c’est la cochlée, une cochlée qui ne répond pas dans la totalité de la bande passante normale. Mais être sourd profond, c’est déjà très rare, et à ne pas avoir de labyrinthe en totalité, c’est exceptionnel. S’il n’y avait pas d’oreille du tout, pas d’oreille interne, l’être serait réduit à un paquet de chiffons, un homme végétatif.

Sans nul doute, l’embryon entend dès l’âge de quatre mois et demi : aujourd’hui, tout le monde s’accorde à le reconnaître. L’univers sonore dans lequel il est plongé est extraordinairement riche en fréquences de toutes sortes. Tout d’abord, il décrypte les bruits viscéraux de sa mère, ceux de la respiration de sa mère, les battements cardiaques. Ces bruits sont associés ; ce sont les rythmes primitifs qui s’impriment en nous pour toute notre existence. Dans ce contexte sonore, une présence plus lointaine et complexe, exprimant des sentiments, provoquant des sensations, un bruit vers lequel le fœtus tend l’oreille : la voix maternelle.

Lorsque vient le moment de la naissance, l’eau dans laquelle baigne l’embryon disparaît d’un seul coup. Pour lui, un premier décodage sonore va s’amorcer. Des sons plus graves, plus diversifiés, lui parviennent progressivement, au fur et à mesure qu’il s’engage et qu’il se rapproche de l’ouverture. Il entend des sonorités ; il perçoit la respiration haletante de sa mère, le bruit des instruments. Sa tête se dégage, son premier cri : il vient d’entendre sa propre voix pour la première fois. Mais il ne la perçoit que d’une certaine manière, car il reste du liquide amniotique dans son oreille, qui est toujours accordée aux fréquences aiguës. Mais très vite, le son perd de sa richesse, car l’oreille externe se vide déjà, et on ne s’habitue pas en quelques secondes à l’écoute aérienne. Il entend encore sa propre voix, qui peu à peu va s’étouffer elle aussi. Et là, durant des jours, l’enfant va entrer dans un silence difficile : il est assailli par les bruits de son propre corps, ceux de sa respiration haletante, de sa digestion douloureuse, de sa vie végétative. Il est coupé de l’environnement, centré sur lui-même, sur son souci de vivre. Peu à peu, cependant, dans le lointain, des sons lui parviennent à nouveau : c’est que son oreille commence à s’ouvrir, mais il en perçoit surtout, maintenant, les fréquences graves. Une voix qu’il reconnaît : il tend l’oreille vers cette voix, comme autrefois dans sa nuit fœtale. L’enfant va devoir, peu à peu, réapprendre à entendre. Cet apprentissage va durer des semaines, des mois, des années, jusqu’à ce que soit renoué, à travers l’air environnant, le contact qu’il avait naguère avec la voix maternelle, lorsqu’il se trouvait au sein de l’univers intra-utérin.

— Comment avez-vous découvert que le fœtus humain entend ?

— J’ai été introduit surtout dans cette histoire par deux voies. Premièrement, par un écrit qui m’avait stupéfait quand j’étais étudiant : un terrain anglais — un auteur qui s’appelle Negus — qui prétendait que les œufs d’oiseaux chanteurs, couvés par des oiseaux non chanteurs, finissaient par ne pas chanter à la sortie. J’ai toujours voulu faire l’expérience ; j’avais mis des œufs, mais je n’ai eu ni les oiseaux ni le temps de la faire en définitive. Une deuxième voie, c’est que, guérissant des enfants qui avaient des troubles scolaires en changeant leur audition, j’avais la chance d’avoir des succès — des succès qui ont toujours fait avancer. Et là, je me suis rendu compte très rapidement que je tendais à faire que les enfants entendent comme s’ils avaient cinq à sept ans, et je me suis demandé : pourquoi pas quatre ans ? Pourquoi pas trois ans ? Je cherchais toujours la manière d’écouter d’un enfant plus jeune, ou d’entendre plus jeune, et je suis arrivé comme ça jusqu’à savoir comment le nourrisson entendait, en prenant son cri, en l’analysant, pensant qu’il était le premier à injecter dans son oreille cette première information, et peut-être à la contrôler. C’est vrai que, très rapidement, le nourrisson contrôle sa voix. Et puis j’étais donc arrivé aux portes du démarrage : pourquoi pas le fœtus, comme les œufs ? Si bien que l’idée m’est venue d’essayer de savoir si un fœtus entend dans l’utérus, et j’ai plongé des microphones, des écouteurs, dans l’eau, et j’ai essayé de voir ce qui se passait.

Voici la reconstitution de la première expérience du professeur Tomatis. Aujourd’hui, cette installation est remplacée par du matériel électronique. Un enregistrement de la voix maternelle passe dans un magnétophone. Cette voix maternelle, rappelons-le, est la seule voix que le fœtus entend de l’intérieur, en quelque sorte, puisqu’elle lui est directement transmise par la colonne vertébrale de sa mère. La cuve pleine d’eau représente donc la poche de liquide amniotique, qui n’est autre que de l’eau salée. Le haut-parleur est plongé dans l’eau ; en face de l’émetteur se trouve un microphone qui capte les émissions diffusées dans la couche d’eau. Cette voix, amplifiée, modulée, va passer à travers un appareil d’analyse du son, permettant d’observer quel type de fréquence — aiguë ou grave — passe à travers la couche d’eau. Ce n’est pas tellement important de savoir ce qui peut passer en totalité ; si l’on s’amuse à faire l’analyse de l’information qui passe, on va se rendre compte, en regardant bien, qu’il y a, à un moment donné, des fréquences qui passent un peu à tous les niveaux : il y a des graves, et ceci, après déjà les compléments, il va nous rester visible. En filtrant progressivement les graves, le professeur Tomatis fait la preuve que des sons aigus passent à travers l’eau, ce qui est parfois contesté.

Pourquoi cet intérêt pour les aigus ? Parce que, pour lui, l’écoute intra-utérine n’est pas une simple question de transmission des sons. L’oreille de l’embryon, contrairement à la nôtre, est totalement remplie de liquide, et cela lui permet de jouer en elle-même un rôle de filtre qui privilégie les sons aigus. Depuis près de trente ans, le professeur Tomatis a observé, à chaque fois, les réactions spectaculaires des gens qui réécoutent la voix de leur mère filtrée dans les aigus.

— Quelles sont les preuves du résultat ?

— Ce n’est pas la clinique seulement ; là, immédiatement, il se passe en profondeur des choses extraordinaires. L’enfant s’éveille, s’allume, veut grandir, veut parler, va rentrer dans une dynamique de relation avec la mère, alors que tous les sons, pris autrement, l’endorment — et ce n’est pas ce que nous cherchons. Encore une fois, nous voulons réveiller le désir, la communication. — Mais pourquoi est-ce que les sons aigus provoquent de l’énergie, donnent de l’énergie à l’enfant et au fœtus ? — On se rend compte que la plage de communication, ce sont les aigus, et justement la plage qui attaque le plus de cellules nerveuses. Cette plage-là répond d’un nombre incalculable de cellules par rapport à la plage des graves : il y a quelques dizaines de cellules, pour tout dire, dans les graves, alors qu’il y en a 24 000 dans la période des aigus, à partir de 4000 Hz. Plus on attaque des cellules qui sont très sensibles, plus, par étage d’amplification au niveau du cerveau, on a la chance d’avoir des stimulations, donc de l’énergie. Et en plus, pour attaquer ces 24 000 cellules, la tête est obligée de prendre une position spatiale qui fait que le vestibule — car il y a à la fois le vestibule et la cochlée, et la cochlée occupe une partie différente du vestibule, c’est lui qui donne la position dans l’espace —, eh bien, le vestibule est obligé de se mettre en horizontalité, le saccule en verticalité : ce sont les postures qui donnent le plus de stimulations à ces niveaux-là. Si bien que là, on a également une grosse stimulation cérébrale.

Si on envoie des aigus, on voit la personne se redresser et prendre, à un moment donné, sa posture d’écoute, et non pas cette posture qui est celle du tube digestif, qui a envie de manger, comme beaucoup de gens se représentent encore le nourrisson — qui est là, la bouche… Ça passe de la face orale, digestive, à la face de la parole : c’est une phase et une autre phase. Et ce qui est important aussi, c’est que dès que le vestibule a pris cette posture idéale, le corps prend sa verticalité, puisque nous jouons en même temps par les contractions. Une verticalité, c’est non seulement une mise en place du gyroscope vestibulaire par le sextant qu’est la cochlée, mais également une posture de tout le corps ; et pour que le langage soit beau, il faut que la colonne vertébrale soit strictement verticale, et les deux omoplates, les deux clavicules, strictement horizontales.

Si les sons, qu’ils soient graves ou aigus, influencent la posture, cette posture, à son tour, va influencer la voix et l’écoute, positivement ou négativement.

— Ce que j’aime beaucoup, c’est mon village, ma famille ; toute la Suisse, c’est une unité.

La sonorité de la voix est importante, non seulement pour se faire écouter, mais aussi parce que notre propre voix est l’un de nos premiers éléments de recharge sonore. Elle est plus forte encore en se tenant tout simplement plus droit : ce jeune homme va retrouver une voix plus ferme et un débit plus rapide.

— Où habites-tu ? — À Tronet. Et puis on travaille seulement le samedi, autrement c’était dur. — Vous travailliez durant la semaine ? — C’était très chouette. C’était du portugais qui nous poussait au travail. On a refait la maison ; en plus, on a fait la peinture, on a remis les poutres apparentes, on ne les avait pas avant, on a supprimé deux pièces.

L’originalité du professeur Tomatis est de proposer une cure qui permet de rétablir l’écoute et de pallier, par là même, aux différents troubles de la communication. Sonia a subi trois cures de trois semaines au centre Tomatis, à Paris.

— La première fois, c’était en août de l’année dernière. Avant de venir, elle était considérée comme très autistique ; elle fréquentait une école pour enfants arriérés. Elle ne manifestait aucun sentiment, elle essayait de s’isoler, jouant avec de petites choses d’une manière très répétitive. Après notre venue, elle recherche ma compagnie, elle désire rester avec moi — ce qui était une grande joie pour moi, après six ans d’attente. La chose que j’ai remarquée, et que l’école a remarquée aussi, c’était ses progrès. Elle a été testée après trois mois, et elle avait progressé de quatorze mois selon les tests de vocabulaire de base. Une autre chose que j’ai remarquée, sur le plan de l’intégration avec les enfants : elle joue plus avec eux et désire plus être avec eux. Et elle est passée de l’école pour enfants retardés à une école normale. Elle avait le dos très voûté, et maintenant elle s’assoit bien droite ; tout le monde a remarqué que, la plupart du temps, elle se tient droite. Elle marche mieux, elle saute très haut sur le trampoline — ce qu’elle ne pouvait pas faire avant —, elle court plus vite et a beaucoup amélioré son équilibre.

Sonia, qui refusait tout contact avec le monde, a rejoint les autres, et cela en moins d’une année. C’est une aventure spectaculaire, mais qui est loin d’être unique parmi les patients du professeur Tomatis. Pour lui, la voix maternelle comporte un impact psychologique énorme : elle représente une nourriture sonore qui donne au fœtus un sentiment de sécurité ; elle transmet à l’enfant le désir de vivre, celui de communiquer. Mais cela ne suffit pas : l’oreille ne fonctionne pas comme un simple récepteur, elle est liée au cerveau, donc au psychisme, par des mécanismes subtils.

Lorsque nous entendons, le son passe par le tympan, que l’on peut comparer à la membrane d’un tambour : il se tend ou se détend suivant l’intensité des sons, et cela sous l’action du muscle du marteau, un osselet planté dans le tympan. Plus le son est faible, plus le muscle du marteau tend le tympan pour qu’il vibre mieux ; plus le son est fort, plus la membrane est détendue, pour protéger l’oreille. À partir du tympan, selon le professeur Tomatis, le son est transmis à travers notre boîte crânienne et fait vibrer le labyrinthe osseux dans sa totalité. Cette vibration met en mouvement les liquides qui sont à l’intérieur du labyrinthe et qui vont permettre l’analyse des sons. Mais ce labyrinthe n’est pas totalement fermé : il comporte un orifice, et c’est là-dessus que va s’appuyer l’étrier, qui, avec son muscle, forme un deuxième système de régulation des sons. Par un jeu de pression, suivant les besoins, il apaise ou amplifie les mouvements liquidiens, permettant ainsi une analyse optimale des sons.

Mais il arrive que ces deux mécanismes d’adaptation des sons — cette musculature de l’oreille moyenne — soient utilisés d’une façon inconsciente comme mécanisme de défense : une défense non pas contre des sons trop violents qui pourraient endommager l’oreille interne, mais tout simplement pour se protéger de sonorités, de voix ou de propos que le sujet ressent comme une agression psychologique. On peut ainsi, sans se boucher les oreilles, refuser d’entendre quiconque nous dérange, nous inquiète ou nous blesse. Le risque que cela comporte, c’est d’en prendre l’habitude, ce qui se traduit, sur un plan moteur, par un relâchement des deux muscles permettant ce réglage des sons. L’oreille, perdant ainsi son pouvoir d’accommodation, engendre toutes sortes de troubles au niveau de la communication, et devient parfois un écran masquant ou déformant la réalité extérieure, isolant ainsi le sujet.

Mais une oreille peut être rééduquée à n’importe quel âge. Pour cela, le professeur Tomatis a mis au point un appareil nommé oreille électronique, et qui est en fait un simulateur d’oreille. Son travail consiste tout d’abord à remuscler cette oreille moyenne, chargée d’adapter les sons, rééduquant ainsi l’écoute. Progressivement aussi, l’oreille électronique réoriente l’écoute directrice par l’oreille droite. La cure est associée généralement à une autre approche, purement psychologique : le professeur Tomatis travaille depuis longtemps avec des psychologues et des psychiatres ; lorsqu’il a réalisé à quel point l’écoute est subjective, il a lui-même acquis une formation dans ce domaine. Enfin, les bandes que l’on fait entendre sont riches en sonorités aiguës, destinées à énergiser le patient, qui, grâce à cette rééducation, va progressivement accepter la cure.

— Une naissance et une vie : un travail utérin fantastique, dans une mère imbibée elle-même dans la musique, une mère qui avait l’air d’être heureuse, sans problème disons ; et sa naissance, ensuite, a été impliquée dans un milieu musical. Son système nerveux, pour nous, a eu la chance d’être codé dès le départ, dans un bain musical, de rythmique et, au fond, de Mozart. Mozart, ensuite, restera toujours codé à ce niveau-là, et toute sa production — puisqu’il commence à produire dès l’âge de trois ans et demi ses premières compositions, à l’âge de quatre, cinq, six ans —, eh bien, c’est qu’il a d’emblée imprimé ce système nerveux, et il restera cette sorte de communication avec la musique, mais avec un grand thème, et non pas des musiques : il semble être vraiment branché sur ce que l’univers peut chanter, et sa sécrétion, permanente, toute sa vie, restera cette musique de jeune, impliquant des battements beaucoup plus rapides sur le plan cardiaque. Quand on passe du Mozart, on voit qu’effectivement il était équipé cardiaquement comme le nourrisson ; peut-être avait-il codé son système nerveux pour avoir les mêmes réponses. Et quand on passe du Mozart, le sujet rentre dans une créativité absolument extraordinaire : il a envie de produire, de dessiner, d’écrire, il se met en posture, assise mais de verticalité, comme s’il était au piano. Et une fois que nous avons utilisé ces musiques, que ce stade est passé, à les entendre toujours comme si le sujet les entendait, cela envoie un salut terrible. Donc on fait un Mozart très utérin, et puis, à la sortie — puisqu’un jour la naissance, ça se fait, et quand nous voyons, par les dessins, ce qui se passe, on pense que le moment est opportun pour accoucher —, à ce moment-là nous faisons ce qu’on peut appeler un accouchement sonique, c’est-à-dire qu’on définit ce qu’il faut pour passer de l’audition intra-utérine à l’audition aérienne, qui se trouve liée à des changements d’impédance, c’est-à-dire de résistivité de l’air. Autre chose qui joue, et c’est là le jeu de l’oreille moyenne qui commence à se faire : nous utilisons aussi la boîte de la mère, si nous estimons que la boîte de la mère est bonne ; sans quoi nous passons celle de la musique, toujours Mozart. Et à une époque où Mozart est intégré, nous allons dans une autre étape, qui s’appelle pour nous le pré-langage, en commençant par le chant grégorien, qui est le meilleur. C’est une zone de plus de qualité pour atteindre des verticalités, c’est toujours un chant aigu. Si on regarde bien ce qu’est le grégorien, c’est l’association de deux rythmes physiologiques : celui de la respiration la plus longue possible, et l’autre d’un battement cardiaque le plus long possible.

Le pré-langage : les premiers balbutiements à travers lesquels l’enfant s’exprime, généralement avant l’âge de la marche, c’est-à-dire avant qu’il ait atteint réellement le stade de la verticalité. Si c’est là un moment très gratifiant pour les parents, cela représente, pour l’enfant, un passage important durant lequel il fonde son langage. À ce moment-là, selon le professeur Tomatis, si la mère est impliquée affectivement, le père, lui, va intervenir au niveau même de la structure.

— Je pense que le réel plaisir, c’est d’être des éléments de communication. Communication, communion : c’est le même mot. Et cette communion s’établit d’abord avec la mère, une sorte de jeu sonique avec elle, et d’un langage qui n’était que pour elle — papa, pipi, popo —, avec la sémantique que ce langage n’avait que pour elle. Et puis, un jour, il faut rencontrer la société, et c’est à travers justement ces pré-langages, je crois, que se fait la rencontre du père. Et là, malheureusement, je crois que l’éducation, qui nous apprend tout à l’université, de A à Z, et tout à n’importe quel niveau de A à Z, ne nous apprend jamais à être père ni mère. Le père, lui, montre ce que l’on entend, désigne, le perçoit ; le père est le Logos, le langage et la loi. « Le père gronde », ça veut dire expliciter ce que sont les choses : le père est le premier pédagogue, il est celui qui doit tout apporter. Le père est vu par l’enfant comme l’image solaire, c’est la joie de vivre, c’est la dynamique de la vie. La mère donne une vie statique, qui maintient et qui est là ; et si le père ne vient pas avec le claquement qu’il peut avoir, l’enfant restera pris dans les rets de la mère, et voudra presque, à la mère, ne pas pouvoir prendre son envol. Il ne pourra pas aller vers les autres, il ne pourra pas devenir, et donc les autres ne pourront pas le lui demander. Le père est ce pont jeté sur le vide ; il permet de partir de la forteresse qu’est la mère vers la lumière extérieure. Alors les mères ont peut-être un peu peur, comme la psychologie actuelle le laisse croire, que si jamais le père, la société, prend l’enfant à la mère… Et en plus, dans les amis, surgit comme une crainte la coupure du cordon ombilical, quelque chose de phénoménal — maintenant on ne peut pas couper ce cordon. Eh bien, un cordon ombilical ne se coupe jamais, on ne peut pas le faire, car la mère est le symbole de la vie : si on coupe avec la mère, on coupe avec la vie ; si on coupe avec le père, on n’a pas l’envol, donc on reste sur place.

Le père représente la clé du langage. Et si, en quelque sorte, on chante avec son oreille, ainsi que nous l’avons vu, on parle également avec son oreille, c’est-à-dire que l’on n’exprime jamais que ce que l’on a appris à entendre. En repassant par les différents stades du développement de l’écoute, on va faire surgir parallèlement les paliers successifs de l’apparition du langage, chez des enfants qui ne parlaient pas.

— Qu’est-ce que ça veut dire ? C’est très beau, tous ces troubles de langage, ces troubles importants de communication, de concentration, ou d’agir sur des états. — Selon le professeur Tomatis, c’est passer d’un environnement limité par les parois utérines à un milieu aux limites infiniment plus reculées. D’une certaine façon, on ne quitte jamais le milieu maternel ; on lui donne seulement d’autres dimensions. Les parois utérines vont s’agrandir jusqu’aux limites du berceau, de la chambre, de la famille, du quartier, de la planète, et ainsi de suite. Il en va de même pour l’oreille : tout son travail va être de retrouver ce petit bruit aigu, rappelant le Nirvana fœtal, et qui est la voix maternelle. L’adulte, grâce à une activité d’accommodation permanente donnée par la musculature de l’oreille, doit, sa vie durant, tendre à privilégier l’écoute des sons aigus. De cette façon, l’oreille retrouvera, dans sa vie aérienne, son potentiel de recharge énergétique grâce au son aigu, son contrôle constant de la posture et de l’équilibre, ses possibilités de concentration. Elle va permettre cette fonction d’écoute subtile de l’autre, en dehors même du langage, et peut-être même cette faculté de l’être humain, à travers la musique ou la science, d’écoute de l’univers.