Equilibrio y Yoga
Equilibrio y Yoga: el papel del oído interno — Revue Française de Yoga (1991)
Alfred Tomatis nació en Niza en 1920. Es doctor en medicina por la Facultad de París, otorrinolaringólogo y especialista en los trastornos de la audición y del lenguaje. Ya en 1947 emprendió investigaciones en el campo de la audiología y de la fonología. Formuló cierto número de leyes que llevan en lo sucesivo el nombre de Efecto Tomatis.
El Doctor Tomatis creó un conjunto de técnicas de educación y de reeducación que se aplican en 180 centros repartidos por el mundo entero y agrupados en una red internacional. Dirige hoy un importante departamento de investigaciones sobre el oído y el cerebro. Autor de numerosos artículos y obras científicas, publicó recientemente un libro sobre la escucha prenatal titulado «Nueve meses en el paraíso», otro sobre el aprendizaje de las lenguas «Todos nacemos políglotas», al mismo tiempo que una obra sobre Mozart «¿Por qué Mozart?».
EQUILIBRIO Y YOGA: EL PAPEL DEL OÍDO INTERNO
El Yoga conduce finalmente al conocimiento del sí mismo inserto en el Cosmos. Responde a la búsqueda de las leyes que rigen sus relaciones. Es decir que conduce a la perfecta conciencia del uno y del otro.
Estos vínculos existen, evidentemente, por sí mismos. Sin embargo, apenas se perciben de entrada. Por eso solo muy rara vez se captan. El hombre alcanza este plano de plenitud, a menudo tras un largo recorrido. Deberá esperar a que las llaves del cielo le sean entregadas.
En efecto, si bien es cierto que el niño conoce la esencia de todas las cosas incluso antes de nacer, no lo es menos que su inmersión en la inmensidad del universo oculta, desde su nacimiento, la realidad de esas evidencias ontológicas. En lo sucesivo, dependerá del medio en el que lo confina su pertenencia familiar, cultural y social.
La percepción de la unión íntima con la Creación sigue siendo el hilo de Ariadna del Ser en busca de la verdad revelada. Recordamos a David expresando de manera sublime la presencia manifestada de su Dios, el Creador del Universo, y a Sócrates enseñando en el Ágora cómo acceder al conocimiento de sí mismo a fin de que la realidad del Cosmos se cristalice en la conciencia humana.
El Yoga, desde hace milenios, pretende acceder a los mismos resultados por una vía muy distinta. Si la percepción de la inmanencia condujo a los hijos de Abraham a sentir la obligación de obedecer las exigencias dictadas en la Torá, si la implacable lógica de los griegos les confirió la posibilidad de objetivar al hombre como una inclusión cósmica, el pensamiento indio, por su parte, toma varias vías para llegar en definitiva al mismo fin. Cada una de ellas tiene la ventaja de responder a las potencialidades inherentes a los diferentes temperamentos. Así, el Bhakti Yoga será directamente adoptado por el intuitivo, el Jnâna Yoga por el intelectual; por último, entre muchas otras formas, el Hatha Yoga, el más generalizado en realidad, toma la vía somática para descubrir las conexiones íntimas que unen el universo al cuerpo del hombre.
Es de este último del que trataremos muy especialmente en este artículo, teniendo en cuenta el hecho de que los otros enfoques utilizan, en realidad, los elementos fundamentales del Hatha Yoga. Sin ser su base, este permanece no obstante imbricado en el conjunto de las diferentes técnicas que conciernen al Yoga.
El hombre, desde cierto punto de vista, es un conjunto neurológico. Por ello el Hatha Yoga puede considerarse como aquello que de algún modo explota los recursos del sistema nervioso. Lo es tanto más cuanto que la participación corporal es en él esencial. Además, lo que concierne a los movimientos y a la estática depende del aparato de equilibración, es decir, del oído interno y de la red neuronal que de él pende.
EL OÍDO INTERNO: SU FORMACIÓN Y SU PAPEL EN LA VERTICALIZACIÓN
El oído interno es un complejo denominado también laberinto membranoso.
[Fig. 1 — Oído interno]
Está incluido en una concha densa como el marfil: el laberinto óseo. En función de la evolución filogenética, este órgano alcanza una configuración de aspecto complicado. Sin embargo, es fácil estudiarlo si nos sustraemos por un tiempo a la influencia reduccionista de los anatomistas. En efecto, a menudo, por su intervención, toda visión global corre el riesgo de desaparecer.
Es así como el oído interno se beneficia de una estructura evolutiva que se fue implantando a lo largo de los tiempos a fin de responder a las necesidades del momento. Cada uno de los estadios de esta progresión marca una etapa en la dinámica de la cinética que, como se sabe, conduce en el hombre, en fase terminal, a la posición erguida y a la marcha bípeda. La verticalidad realiza su culminación con la aparición de la diestralidad específica inducida por el lenguaje.
Es así como el utrículo sucede a la línea lateral de los peces inferiores y asegura la horizontalidad. Al adjuntársele los canales semicirculares, que son tres en número: el externo, luego el superior y por último el posterior en el orden de su respectiva aparición, permite que las anulaciones espaciales, durante los desplazamientos, sean fácilmente controladas en los peces superiores. Más tardíamente, el sáculo hará su entrada en escena y comenzará la carrera hacia la verticalidad, marcando en lo sucesivo la liberación de la cabeza respecto de la nuca en los anfibios y los batracios. En último lugar, la cóclea, generada en dos tiempos, se caracteriza por la lagena, primero, que va a la par con el alargamiento del cuello en las aves, y, para terminar, por la cóclea propiamente dicha, en los mamíferos.
Conviene señalar de paso un detalle de importancia, el de la progresión conjunta del sistema nervioso. En efecto, mientras el oído procede a sus sucesivos crecimientos, el sistema nervioso y en particular el cerebro alcanzan una complejidad cada vez más exponencial.
Las consecuencias de la adquisición de la verticalidad son considerables. En efecto, el hombre provisto de la palabra se erige como una antena a la escucha del universo que sin cesar lo interpela. Desde ese instante, está concernido. Su sentimiento de pertenencia al gran todo se afirma, mientras encuentra el macrocosmos a través del microcosmos que lo constituye.
Gracias a esta postura vertical, conocerá la fusión de todo lo que es cósmico con su propio cuerpo. Sentirá con certeza que la energía que sostiene y anima el universo lo invade y lo atraviesa, introduciendo de tal modo una extraordinaria comunicación. Este «diálogo energético» quedará tanto mejor instituido cuanto que la rectitud corporal sea alcanzada y conservada, y haya sido definitivamente integrada.
Corresponde, pues, al vestíbulo membranoso realizar en el hombre la verticalidad. En efecto, la horizontalidad inicial, observada en el linaje de los peces, persistirá en cuanto a la posición de la cabeza, cuando el utrículo se halle él mismo situado en un plano horizontal. Más tardíamente, el sáculo iniciará el proceso de verticalización propiamente dicho. Cabe sospechar la enorme transformación anatómica que preside esta verdadera «transfiguración postural». Memorias arcaicas harán resurgir en el «cuerpo evolutivo» reminiscencias anteriores tanto minerales y vegetales como animales. Se remontarán a la noche de los tiempos y tendrán como origen el comienzo del mundo. El hombre está en «memoria eterna», canta el salmista.
EL EQUILIBRIO EN LAS ASANA
El Hatha Yoga sumerge de nuevo en este proceso evolutivo a quien se entrega a él con el fin esencial de descubrir la salida hacia la «realización» que algunos denominan también la «liberación».
Bien mirado, este proceso sigue muy fielmente la implantación de los elementos atómicos constitutivos del universo mismo en un cristal orgánico que no es nada menos que el hombre, hecho de un 80 % de agua y un 20 % de sales minerales.
Todo es equilibrio en las múltiples asanas propuestas al discípulo. Por ello un estudio más profundo del aparato vestíbulo-coclear me parece, si no indispensable, en todo caso muy útil para quienes gustan de comprender los mecanismos neurofisiológicos puestos en juego durante los ejercicios que acompañan el proceso yóguico. Decir que hay equilibrio es significar que hay movimiento. No se trata aquí de una simple paradoja. La inmovilidad solo existe en relación con la movilidad misma. En esto, el equilibrio y en particular la verticalidad, así como gran parte de las asanas, constituyen un estado inestable que requiere una permanente vigilancia y por ello exige una particular actividad del laberinto membranoso. Más aún, los movimientos relativos de cada uno de los segmentos de los miembros corporales resultan estar controlados por el mismo órgano.
La conciencia del cuerpo está en gran parte centralizada en el conocimiento somático generado a nivel de los músculos, los tendones, las articulaciones, los ligamentos y los huesos. A ello se añadirán otras percepciones más finas, cutáneas por ejemplo. Las primeras, profundas, se denominan protopáticas cuando determinan la sensibilidad llamada, erróneamente a nuestro juicio, inconsciente. Las segundas, por regla general más periféricas, se designan como epicríticas. Los términos de protopático y epicrítico son significativos respecto del grado de percepción.
Para aprehender la globalidad de los fenómenos que entran en juego en las regulaciones que determinan las posturas y más específicamente la verticalidad, se implanta una sistémica cibernética. Es evidente que el cerebro está implicado en su totalidad (como lo está el cuerpo) por otra parte, dejando por supuesto actividades preponderantes a ciertos sectores del sistema nervioso correspondientes a las zonas corporales comprometidas.
LOS SISTEMAS RESPONSABLES DEL EQUILIBRIO: LOS INTEGRADORES
El oído interno comprende los elementos mayores que permiten establecer esta dinámica cerebral. En efecto, la complejidad de esta, con sus cien mil millones de neuronas asociadas, puede estudiarse fácilmente gracias a la puesta en evidencia de territorios bien definidos por las funciones mismas del laberinto membranoso. Así, dos «integradores» agrupan por sí solos las actividades más elevadas de la estructura humana. Uno rige la sensibilidad protopática, el otro la sensibilidad epicrítica. Son, respectivamente, el integrador vestibular y el integrador coclear, reconocidos asimismo como, el uno, el somático, y el otro, el lingüístico. Se hablará por una parte del conjunto instrumental corporal y por otra del sistema cortical. Este, eminentemente activo, es la sede de la voluntad atravesada por la conciencia.
El integrador somático
El sistema neuronal que constituye el integrador somático tiene su origen en el vestíbulo, del cual recordamos que comprende el utrículo coronado por sus canales semicirculares y, por otra parte, el sáculo que pende de él perpendicularmente. El nervio vestibular (fig. 2), que emerge del ganglio de Scarpa, se dirige hacia la parte superior del bulbo, el cual domina la médula espinal. Allí, tras haberse distribuido a nivel de cuatro núcleos, dará diversos fascículos. El primero, inferior externo, emanado del núcleo de Deiters, se encamina hacia abajo y se distribuye de manera unilateral a los músculos del cuerpo que se sitúan del mismo lado por debajo del cuello. Este tracto descendente es motor no voluntario, como se precisó anteriormente. Será de tal modo llamado extrapiramidal por oposición al fascículo piramidal, que monopoliza por sí solo la actividad voluntaria. De hecho, si se admite que el integrador vestibular que se implanta centraliza en cierta medida la actividad instrumental, pasiva por sí misma, se puede deducir que el conjunto piramidal reviste el papel activo del conductor.
[Fig. 2 — Integrador vestibular o somático. (1. Utrículo; 2. Canales semicirculares; 3. Sáculo; 4. Ganglio de Scarpa; 5. Núcleo de Roller; 9. F. vestíbulo-espinal homolateral; 10. F. vestíbulo-espinal heterolateral; 11. Asta anterior; 12. Asta posterior; 13. Raíz anterior; 14. Músculos; 15. Articulaciones; 16. Huesos; 17. Piel; 18. F. de Flechsig; 19. F. de Gowers; 20. Oliva bulbar; 21. Globulus; 22. Embolus; 23. Núcleo rojo; 24. F. rubro-espinal; 25. F. olivo-espinal.)]
Los músculos del hemicuerpo correspondiente al núcleo de Deiters reciben, pues, su inervación vestibular. Un retorno sensitivo les asegura los ajustes necesarios a fin de que se mantenga una coordinación de conjunto. Para ello, se toman dos vías sensitivas. Una, que es predominante en la parte subdiafragmática, está especialmente reservada al miembro inferior. Se trata del fascículo de Flechsig, el cual toma una vía ascendente homolateral y se proyecta sobre el paleocerebelo. La otra vía se distribuye sobre todo en la zona supradiafragmática, particularmente hacia el miembro superior. Realiza el fascículo de Gowers, que se diferencia del precedente en el sentido de que cruza la línea media de la médula para dirigirse hacia arriba en dirección a la protuberancia, más allá por tanto del bulbo. Allí vuelve a cruzar la línea media, vuelve en suma a ser de nuevo homolateral y termina como el precedente a nivel del paleocerebelo sobre el cual se recogen las proyecciones del cuerpo.
Sin entrar en un estudio profundo de esta parte del integrador vestibular, a la cual convendría añadir el núcleo rojo y la oliva bulbar, podemos decir en resumen que se constituye una inmensa red. Esta asegurará la implantación de una organización que se completará por el juego de los demás elementos constitutivos de los tres núcleos vestibulares restantes.
En primer lugar tendremos el núcleo inferior e interno o núcleo de Roller. Distribuye fibras que, tras haber atravesado la médula espinal y dado el fascículo vestíbulo-espinal heterolateral, se dirigen a los músculos antagonistas de los que dependen del fascículo vestíbulo-espinal homolateral. Recordamos que el origen de este se sitúa a nivel del núcleo de Deiters. Después, el núcleo superior y externo, llamado de Bechterev, es en realidad un relevo de comunicación entre el vestíbulo y el cerebelo gracias a conexiones aferentes y eferentes. Esta relación directa constituye un elemento importante para que el vestíbulo se proyecte sobre el arqueocerebelo, el cual estará unido al paleocerebelo por intermedio de una densa red de dendritas, prolongación de las células de Purkinje. Este tejido dendrítico cerebeloso es ciertamente uno de los principales territorios sobre los que se establecen las conexiones de control de las actividades posturales. Por último, un último núcleo superior e interno, el de Schwalbe, está en el origen de dos tractos ascendentes, uno externo, otro interno, que se reúnen en la parte alta en los núcleos de Thomas y de Darkschewitsch antes de prolongarse a nivel del fascículo longitudinal posterior. En su trayecto descendente, este último despide fibras para alcanzar los diferentes nervios craneales, permitiendo así que los músculos situados por encima del cuello estén igualmente bajo la dirección del vestíbulo.
Así, todos los músculos del cuerpo dependen, sin excepción, de este órgano. Cabe precisar que los fascículos que acabamos de ver en último lugar, emanados del núcleo de Schwalbe y a menudo designados con el nombre de fascículos espino-mesencefálicos, establecen de abajo arriba una conexión nerviosa con los núcleos de los pares craneales VI, IV y III, es decir, con los núcleos encargados de la inervación de los músculos oculares (fig. 3). Este aporte es de particular importancia, pues revela la interferencia mayor del aparato vestibular sobre la dinámica del ojo en la visión.
[Fig. 3 — Integrador visual o espacial. (1. Ojo; 2. Nervio óptico; 3. Área occipital; 4. Cuerpo geniculado externo; 5. F. tecto-espinal; 6. Núcleo del tercer par; 7. Núcleo del cuarto par; 8. Núcleo del sexto par; 9. F. mesencefálico; 10. Vestíbulo.)]
El fascículo piramidal: su papel de «mando» en la equilibración
El juego del aparato de equilibración consiste en suma en preparar el cuerpo en todas las actividades ligadas a los movimientos así como en las solicitadas por la búsqueda de la estática. Es necesario adjuntarle un verdadero sistema de «mando». Este papel será conferido al fascículo piramidal. Me gustaría hablar aquí del «integrador piramidal», que es en realidad el de la transmisión del acto voluntario. Podría comprender el fascículo piramidal mismo, asociado a los fascículos sensitivos espino-talámicos directo y cruzado, gracias a los cuales el control del acto resultará ejecutado.
Así, el conjunto de los tractos de un «integrador» cobra todo su sentido. Define el territorio neuronal constituido por la función. Este enfoque, que responde a una realidad operativa, es más fácil de aprehender que la enumeración sistemática de los nervios según la descripción clásica, desprovista de toda visión global. Concebimos, en efecto, que es una concepción práctica la de abordar el sistema nervioso bajo un aspecto en el que la función se toma como soporte de nuestra investigación. Nos conviene tanto más cuanto que responde perfectamente a la elaboración de cada uno de los estadios que permiten al hombre franquear las diferentes etapas de la evolución, a fin de que se instaure un día en él una relación profunda con el Logos.
El integrador lingüístico
Es en este momento preciso, cuando el lenguaje detenta todos sus derechos y cuando, por su intermedio, el mundo se pone a existir bajo el ángulo mediático, que el integrador lingüístico se impone en nuestra exposición. Recordamos que se presenta también bajo la rúbrica de integrador coclear. La importancia de esta nueva red es considerable, puesto que, gracias a ella, el lenguaje humano puede eclosionar y alcanzar la amplitud que conocemos. Perfecciona la adquisición de la verticalidad sin la cual la facultad de hablar inherente al hombre no lograría elaborar las funciones indispensables a ese acto del habla que le es tan específico.
La cóclea está anexada al sáculo, como ya hemos señalado. Representa el último eslabón aparecido en la evolución de las estructuras del oído interno. Transforma el cuerpo humano en una antena no solo que escucha, sino además vibrante, resonante. Por su intermedio, se convierte en el instrumento esencial de la palabra que modulará sobre la música de cada lengua.
De la cóclea, en su parte interna, brotan las fibras recogidas a nivel de la membrana basilar y reagrupadas en forma del ganglio de Corti situado en el centro del caracol coclear conocido con el término de columela. El nervio coclear nace tras este relevo ganglionar y se dirige hacia la parte alta del bulbo, en la que penetra al mismo nivel que lo hace el nervio vestibular. Allí lo reciben unos núcleos que hacen las veces de relevo; son dos en número. Uno, anterior, se denomina ventral, mientras que el otro, situado atrás, lleva el nombre de dorsal. De cada uno de estos dos núcleos parten dos fascículos. El más importante de ellos atraviesa horizontalmente la línea media y va a reunirse con su homólogo en el lado opuesto. El otro, ascendente, participa en la constitución del lemnisco lateral con las fibras venidas de los núcleos ventral y dorsal, emanadas del nervio coclear del otro oído. Así, dos fascículos se elevan hacia los relevos siguientes que alcanzan a nivel del tálamo en su parte posterior llamada pulvinar (fig. 4). Están constituidos cada uno por fibras homolaterales en dos quintos y por fibras heterolaterales en los tres quintos restantes. Como se ve, los dos lemniscos laterales establecen un puente lanzado entre la parte alta bulbar y la parte encefálica talámica.
[Fig. 4 — Sistema coclear. (1. Cóclea; 2. Núcleo coclear dorsal; 3. Núcleo coclear ventral; 4. Cinta de Reil lateral; 5. Cuerpo geniculado interno; 6. Tálamo; 7. Circunvolución de Heschl.)]
De este tercer relevo, unos tractos nerviosos parten en dirección a la primera circunvolución temporal llamada de Heschl (fig. 5). Es la llegada del nervio coclear a la zona 41, lugar de proyección de la cóclea misma, allí donde comienza la decodificación. La información así recogida a este nivel deberá pasar a la zona 21 subyacente a fin de ser reconocida allí, lo que implica que haya sido almacenada de antemano. Para proceder a esta puesta en reserva, la zona temporal 22, situada inmediatamente debajo de la precedente, desempeña el papel de reservorio. Su nombre es por lo demás muy sugerente a este respecto; en efecto, fue llamada en 1870 por un discípulo de Broca, Charlton Bastian, la zona de la memoria nominativa.
[Fig. 5 — Área auditiva. (1. Lóbulo temporal; 2. Área 41 (sensorial); 3. Área 42 (gnósica); 4. Área 22 (motriz).)]
Esto no es todo, pues la extensión de esta área memorial no se limita a la zona 22 misma. Su territorio es en verdad inmenso. Por eso es capaz de almacenar un número considerable de informaciones, de inventariarlas, de elaborar las listas de las semejanzas y de las disemejanzas. Y es tanto más eficaz cuanto que su actividad se manifiesta en un registro particular. En efecto, contrariamente a las dos zonas que la preceden y que son esencialmente de naturaleza sensorial, ella responde por su parte a las características de las zonas motrices extrapiramidales. Es decir que su intervención será de gran importancia. Tiene, en efecto, una influencia sobre toda la red cerebral extrapiramidal con la que está conectada y que trabaja en concierto con el integrador vestibular. Recordamos que este es el fundamento mismo de una enorme red somática, lo que significa claramente que toda información sonora tendrá su correspondencia corporal. Añadamos a ello que toda música determinará su acción electiva sobre tal o cual parte del soma, y que el lenguaje, por su parte, será realmente encarnado, «incorporeizado».
Las vías que emplea el área nominativa para difundirse comienzan por el fascículo de Turck-Meynert (fig. 6), que conduce a los núcleos del puente. De allí, una proyección se hace a nivel del neocerebelo situado en el cerebelo opuesto. De paso, señalemos que la red dendrítica de las células de Purkinje recoge aquí las informaciones transmitidas a las regiones del paleo y del arqueocerebelo. Así, el vestíbulo contralateral queda informado. Desde la proyección sobre el área del neocerebelo, el circuito iniciado prosigue en dirección al núcleo dentado y abandona entonces el cerebelo. Tras este último relevo, el camino continúa hacia el tálamo, al que aborda en su parte central y que atraviesa para difundirse literalmente sobre toda la corteza extrapiramidal. Es decir que alcanza un territorio importante tanto en el área frontal, por delante del área piramidal, como en el área parietal, por detrás de la circunvolución parietal ascendente. Esta está destinada a recoger la sensibilidad epicrítica del integrador piramidal, que es, recordamos, el del mando voluntario.
[Fig. 6 — Circuito Corteza-Puente-Cerebelo-Tálamo-Corteza. (1. Área 22 (motriz); 2. Fascículo de Turck-Meynert; 3. Núcleo del puente; 4. Neocerebelo; 5. Núcleo dentado; 6. Red de Purkinje; 7. Núcleo rojo (neo-rúbrica); 8. Tálamo; 9. Proyección cortical y retorno hacia el puente; 10. Cuerpo calloso.)]
Por último, de este vasto conjunto de regiones solicitadas por la información siempre alimentada por la actividad de la zona temporal 22, unos filetes recurrentes descienden de nuevo, desprendiéndose de cada uno de los puntos de caída de los fascículos tálamo-corticales, en dirección a los núcleos del puente. De nuevo, desde estos relevos, el trayecto neuronal reemprende su carrera hacia el neocerebelo, creando así el gran circuito denominado «cortico-ponto-cerebelo-dentato-tálamo-cortical». Gracias a este circuito, la memorización se constituye con tanto mayor anclaje profundo cuanto que, en cada cumplimiento de una vuelta de este largo periplo, la información primitivamente recogida por intermedio de un filete nervioso emanado del núcleo dentado despide una inyección al núcleo rojo. Este entra entonces en relación con los fascículos vestibulares que, por mediación de las raíces anteriores de la médula, pueden así distribuirse a todos los músculos del cuerpo. Estos últimos quedan por ello impregnados de una memoria cierta.
Este recorrido por el dédalo de una neurología funcional corre el riesgo, en una primera lectura, de sentirse como algo un poco arduo. Sin embargo, pensamos que se irá esclareciendo a medida que se reiteren procedimientos de profundización. Ciertamente, hay que comenzar por localizar los lugares e identificarlos a fin de poder discernir cada uno de los conjuntos que conciernen a los integradores que se han descrito. Recordamos que estas líneas se han escrito para quienes han manifestado el deseo de comprender. Quienes estén menos interesados de entrada bien pueden dispensarse de proseguir sus esfuerzos, salvo retomar estas nociones ulteriormente cuando la necesidad se haga sentir.
HATHA YOGA Y NEUROFISIOLOGÍA DEL OÍDO
En el estadio actual, los aportes de la ciencia son tales que estamos en derecho de captar mejor los efectos del Hatha-Yoga. Podemos ciertamente verificarlos, pero a menudo nos vemos obligados a aceptarlos por un acto de fe, sin lograr realmente desvelar los mecanismos que presiden la implantación de esos resultados. Por fortuna, aún subsisten muchos misterios, y otros que no se esperaban vendrán a alimentar la búsqueda de los investigadores preocupados por los problemas que plantea la fisiología en general.
Las «memorias celulares». El lenguaje de las asana
Arte del equilibrio postural, el Hatha-Yoga nos interpela en cuanto a la significación misma de las diversas asanas. En realidad, se trata de descifrar a nivel del cuerpo el valor semántico de cada una de ellas. Dicho de otro modo, semejante búsqueda solo puede emprenderse realmente cuando se admite que el soma ha acumulado en algún lugar memorias, que las ha recogido con una inteligencia sutil hasta engramarlas, es decir, hasta darles la forma de un discurso. Cabe evocar un lenguaje aparentemente no verbal que en realidad no pide más que tomar forma de habla gracias al sustrato vestíbulo-coclear. Se trata en suma de una absorción lingüística corporal en uno de los casos y de una verbalización de las memorias somáticas en el otro.
En ausencia de una dialéctica entre estas dos polaridades, se corre el riesgo de ver instaurarse fijaciones psicosomáticas en las que la dinámica relacional a nivel de estos dos polos se reduce progresivamente. Llegará incluso a expresarse en alteraciones patológicas significativas, también ellas semánticamente significantes, pero en el modo de un metalenguaje a menudo no comprendido. En cuanto al rechazo puro y simple a concebir semejante compromiso en el que el cuerpo se convierte en el receptáculo de ese discurso secreto, conduce ineluctablemente a la alienación que comienza, como se ve, por la supresión de la comunicación con uno mismo.
Las asana son diálogos en profundidad de los que emergen, con el correr del tiempo, cristalizaciones de esas memorias integradas en lo más profundo del alma celular. Exigen, para ser ejecutadas, a la vez un abandono voluntario a fin de que el cuerpo se exprese, y una vigilancia aguzada para decodificar los mensajes que formula. No hace falta decir que es necesario saber esperar, pues no es de inmediato cuando lo más recóndito surge y cuando el desciframiento correspondiente se adquiere. Habrá que contar con el tiempo y no temer encontrarse seriamente con ese cuerpo del que se sospecha que contiene recuerdos etiquetados como indeseables.
Sin embargo, bien conducido, el Hatha-Yoga encamina a quien se entrega a él, combinando relajación y conciencia, hacia el descubrimiento del diálogo entre su cuerpo, que logrará modelar, esculpir hasta percibirlo como una antena receptora, y el Creador de todas las cosas que lo invita a participar en el fabuloso espectáculo del Universo.
Nos gustaría proseguir semejante desarrollo, hasta tal punto están correlacionados los acercamientos entre el Hatha Yoga y la neurofisiología del oído interno. Sin rebasar demasiado el espacio que se nos ha asignado en este artículo, digamos algunas palabras sobre el conjunto cócleo-vestibular. Intentaremos al mismo tiempo imaginar una postura muy particular: el Loto. Unos esquemas nos permitirán proceder a ciertas simplificaciones.
Organización y funcionamiento del aparato cócleo-vestibular
[Fig. 7 — Vestíbulo]
Si tomamos el utrículo con sus tres canales semicirculares (cs), conjunto que se ha vuelto ahora familiar en la fig. 7, y lo miramos desde arriba en la fig. 8, veremos mejor las implantaciones de los cs. Fisiológicamente, sus partes activas se manifiestan en las ampollas donde se encuentran las células sensoriales que aprecian el desplazamiento del líquido endolinfático que circula por los cs. La fig. 9 marca las fijaciones de las ampollas; son tres en número: la externa cse, la superior css, la posterior csp. La fig. 10 representa la proyección de estas implantaciones sobre la placa basal del utrículo, lugar donde se reparten las células sensoriales ciliadas. La línea curva trazada sobre la superficie de la placa utricular es el lugar de convergencia de los flujos endolinfáticos, particularmente a la emergencia de los líquidos ampulares.
[Fig. 8 — Fig. 9 — Fig. 10]
[Fig. 11]
Si se esquematizan los dos utrículos respecto de la línea media, se advierte que, contrariamente a la concepción habitual, los dos vestíbulos no son en absoluto paralelos. En efecto, sus ejes convergen por delante en función de las pirámides petrosas (fig. 11) que los contienen, formando así un ángulo de 45 grados con la línea media, o sea 90 grados entre ellos. De modo que el css, siempre descrito como sagital, es de hecho oblicuo hacia delante y hacia dentro a 45 grados, mientras que el csp, considerado de ordinario como frontal, resulta ser oblicuo hacia atrás y hacia dentro, igualmente a 45 grados. De estas orientaciones resulta que cada css y csp de cada lado es el paralelo no de su homólogo, sino del compañero de equipo de este último.
Así, los dos vestíbulos trabajan ciertamente a la par, pero no en paralelo. Realizan un verdadero diálogo cara a cara y por tanto no en oposición, sino en una relación dialéctica construida sobre permanentes compensaciones e incesantes ajustes.
La aparición de cada uno de los cs durante la progresión filogenética debe retener aquí la atención. En efecto, el cse aparece primero en los agnatos, peces en los cuales, durante los desplazamientos, las angulaciones laterales se facilitan, probablemente por una movilización más fácil de sus aletas anterolaterales, primeros esbozos de los miembros superiores. El csp, el frontal de la antigua concepción, llega en segundo lugar e introduce la actividad de la aleta posterolateral, origen del futuro miembro inferior. Por último, aparece el css, llamado anteriormente sagital. Su papel estará más específicamente destinado al equilibrio de la cabeza. El término inglés «balance» convendría perfectamente para ilustrar su función.
En la estructura que se implanta, falta todavía el control del tórax y del abdomen, del tronco en suma. La progresión filogenética, doblada por el proceso ontogenético, esclarece de manera muy elocuente los mecanismos evolutivos. En efecto, el elemento primordial que hay que retener aquí es la fusión inicial que une la cabeza al tórax. Así, el céfalo-tórax resulta ser la forma primitiva sin distinción posible entre estas dos partes, tan liberadas ulteriormente la una de la otra. No obstante, seguirán siendo lentas de integrar, en lo que se acostumbra a designar bajo el vocablo de «imagen del cuerpo».
Recordamos que el niño no puede, durante cierto tiempo, producir un dibujo que lo representaría sin garabatear un monigote todo redondo como una esfera (fig. 12). Pronto los dos miembros superiores brotarán a los lados (fig. 13). Cosa curiosa, salen ahí mismo donde las dos orejas se implantarán posteriormente. Es verdad que entonces sus manos escuchan. Solo un poco más tarde dos trazos verticales que descienden de la esfera invitan a pensar que los miembros inferiores han ocupado su lugar en la imagen que el niño tiene de sí (fig. 14). Por último, un buen día la cabeza se diferencia del tronco (fig. 15).
En definitiva, ¿no asistimos a la aparición de las dependencias afiliadas a los canales semicirculares que se posicionan funcionalmente en el orden del programa de la evolución? Todo nos inclina a pensarlo. Además, esta progresión se acelera con la aparición del lenguaje. La inducción generada aquí es considerable y se manifiesta por una energía decuplicada.
Pero, volviendo a las relaciones que se instalan entre los movimientos y sus componentes cócleo-vestibulares, a las que son solidarios, se puede decir que las asana son seguramente los modelos más afinados de la gestualidad correspondiente a las actividades óptimas del oído interno. Así, cada postura es la representación corporal visible de una actitud muy específica del laberinto auditivo. Esta última permanece oculta, pero existe. Es reproducible y determina, por su presencia, la misma respuesta corporal.
[Fig. 12 — Fig. 13 — Fig. 14 — Fig. 15]
Lenguaje y equilibrio: el papel de la cóclea
Hemos visto someramente cómo el vestíbulo se situaba con sus elementos primeros. Queda la cóclea. Llegada la última, es característica del oído de los mamíferos y encuentra su pleno empleo en el hombre cuando se entrega a la escucha. Se convierte en el director de orquesta de una organización que reagrupa todos los órganos sensoriales con el fin de ver el cuerpo convertirse en una antena a la escucha. Hemos abordado lo esencial de este proceso evolutivo. Conviene no obstante que intentemos comprender el papel de la cóclea, último elemento aparecido.
El lenguaje, lo hemos precisado en varias ocasiones, se apodera del instrumento humano. Literalmente atrapado por esta facultad de alto nivel que le abrirá las puertas de la conciencia, el hombre se verticalizará. Sabemos cómo lo logra por el juego del vestíbulo. Después se diestralizará. Es gracias a la adjunción de la cóclea en su función de escucha que estas transformaciones fundamentales serán posibles.
¿Cuál será el papel de la cóclea en esta nueva progresión? Consistirá en detectar los sonidos, se nos responderá, y en reconocer sus diversas características: intensidad, timbre, modulaciones, ritmos y secuencias. Es cierto, pero ampliamente insuficiente. En efecto, a través de semejante definición de función correspondiente al análisis de los sonidos por el oído, el cuerpo no aparece. Todo equivaldría a decir que el oído se bastaría a sí mismo y que solo él operaría. Se ha dicho lo suficiente en este escrito para que se sepa que no puede ser así. El cuerpo participa por entero, del mismo modo que el sistema nervioso es igualmente solicitado.
La facultad de escucha desemboca en la función hablada mientras se instituye la comunicación. Pero hablar es tocar el cuerpo del otro. Lo que implica que el locutor sepa tocar el suyo. ¿Cómo lograr conciliar todas las informaciones que acabamos de exponer si queremos seguir pensando que el oído está hecho anatómicamente de piezas y trozos, que el vestíbulo es un órgano dedicado al equilibrio y que la cóclea es un aparato muy distinto destinado a la escucha? Basta con recordar el hecho de que el oído es un todo y que, si el vestíbulo ofrece efectivamente el equilibrio, la cóclea, por su parte, induce la verticalidad indispensable para la elaboración del lenguaje. Su papel es esencial porque, en el acto de la palabra, el cuerpo mismo se convierte en un analizador frecuencial.
Por supuesto, hace falta un aprendizaje para acordar el oído y el cuerpo a fin de que trabajen juntos y estén conectados en la misma longitud de onda. La cóclea es la réplica corporal, mientras que el cuerpo es una estructura sensible, sobre todo a nivel de la piel. Esta es, en efecto, capaz, tras un tiempo de acomodación, de proceder a reconocimientos frecuenciales. Lo hará tanto mejor cuanto que la cóclea la entrena a practicar respuestas analógicas. En ausencia de audición, este condicionamiento es más difícil de realizar, pero es posible lograrlo. Se trata de un medio muy interesante para ayudar a los discapacitados afectados por la sordera.
La cóclea es un paraboloide de revolución (fig. 16). A este título, si un sonido complejo viniera a encontrarlo, se pondría en resonancia no en su totalidad, sino sobre zonas isofrecuenciales correspondientes a las frecuencias incluidas en el espectro del sonido considerado. Así, el sonido irá a situarse sobre una de esas paralelas isofrecuenciales y sobre la línea de inserción del órgano de Corti, del que se sabe que se desarrolla sobre una espiral helicoidal ascendente. Una suerte de recorte en piel de naranja se perfila así sobre la superficie del paraboloide, determinando el punto electivo de cada frecuencia.
Lo mismo ocurre con el cuerpo. En efecto, cada sonido se distribuye en un emplazamiento muy preciso que responde a un lugar también él definido. Este último responde, por su parte, a una franja metamérica del cuerpo, es decir, situada a nivel de cada una de las vértebras o, más precisamente, correspondiente a las diferentes emergencias de los nervios vertebrales.
La asana del Loto: un modelo referencial
Pero volvamos al Loto, postura ideal y representativa del Yoga mismo. La imagen de uno mismo en esta situación se reencuentra en la clásica interpenetración de dos triángulos: uno que desciende del «cielo», el otro que brota de la «tierra». Estas dos imágenes pueden también visualizarse pensando que lo que sostiene los dos hombros son los músculos dorsales ampliamente extendidos, amarrados hacia abajo sobre las crestas ilíacas y que terminan en el vértice inferior coronado por el sacro y el cóccix. Un segundo triángulo isósceles, como el precedente, que tiene por base la parte externa de las dos caderas, se engancha por su vértice a la apófisis occipital situada en la parte posterior del cráneo. Estos triángulos sentidos ayudan considerablemente a regular la postura de la espalda en rectitud. Recordemos que esta última es difícil de integrar a falta de representación de regiones específicas bien desarrolladas sobre las áreas motrices y sensoriales en las cortezas frontal y parietal.
En cuanto al Loto, elegido como modelo referencial, podemos imaginar que los lados laterales del triángulo superior particularmente son las generatrices de un paraboloide de revolución vuelto hacia arriba. Por consiguiente, la columna vertebral será su eje medio. La apertura del ángulo en el vértice será variable en función de la estructura anatómica, pero también del estadio de evolución en la práctica de los ejercicios yóguicos y particularmente de los que apuntan al dominio de la circulación de las energías. El hombre puede representarse ahora como teniendo un asiento controlado a nivel de la base utricular que regula la horizontalidad de la cabeza, de los hombros, del diafragma, de las caderas, del sacro y por ello del cóccix. Al mismo tiempo, parece envuelto por el contorno del paraboloide de revolución sobre el cual se inscriben las rayas isofrecuenciales correspondientes a las determinadas sobre la cóclea, más exactamente sobre las cócleas derecha e izquierda.
El hombre se halla así centrado, equilibrado en torno a un eje vestibular vertical, imaginado como representado por tres cócleas (fig. 17), una envolvente corporal y las otras dos colocadas como auriculares internos y que funcionan con tal eficacia que ningún auricular material podría rivalizar con ellos. Sin duda, cada hombre realizado se supone que lleva permanentemente esos dos auriculares abiertos al mundo de los demás y conectados al universo de todos. No podemos dejar de evocar aquí el espléndido Moisés de Miguel Ángel, maravillosamente drapeado en una envoltura energética de la que irradia una fuerza singular y provisto de dos cuernos temporales desenrollados a la manera de dos cócleas que ciertamente simbolizan.
El segundo triángulo isósceles, el que tiene por base la pelvis, puede ser también el soporte de un paraboloide de revolución, invertido respecto del precedente. Vuelto hacia la materia, contrariamente al primero que se abre hacia los cielos. ¿No sería el caminar humano oscilante entre estas dos polaridades?
Así, lejos de extendernos en consideraciones sobre la dualidad entre la materia y el espíritu, invitamos al lector a descubrir al hombre en su estatura fundamental, característica de su dimensión humana, revelándolo como el receptáculo y el hábitat del Ser. La verticalidad se impone desde entonces como una necesidad, mientras se asocia a una rectitud mental y se afianza por un equilibrio psicológico. El uno no va sin el otro. El oído interno nos manifiesta aquí, en todos los puntos, su potencia organizadora bajo el impulso inductor de la facultad de escucha. Esta última permite múltiples comunicaciones, algunas de las cuales se sitúan mucho más allá de nuestros conceptos habituales y entran en el marco de una comunión fusional con el Cosmos por el Pensamiento que, en todos los tiempos, ha germinado en el corazón de los hombres inspirados.
Fuente: Alfred A. Tomatis, «Equilibrio y Yoga: el papel del oído interno», Revue Française de Yoga, 1991. Transcripción a partir del facsímil.