Información sobre el Autismo
Información sobre el Autismo — A. A. Tomatis (París, 1986)
Alfred A. Tomatis — París, 1986.
Respondo de muy buen grado a la petición que se me hace de ofrecer una panorámica de lo que pienso acerca del autismo, pero deseo precisar de entrada que solo me propongo evocar los resultados positivos que obtenemos en este campo desde hace ya algunas décadas. Hay, ciertamente, también fracasos, y procuraremos analizar lo que sucede con estos últimos.
Este ensayo no tiene, pues, por finalidad definir qué es el autismo ni tampoco delimitar lo que puede ser su etiología.
Como todo el mundo sabe, la patogenia del autismo es oscura. Alimenta, a grandes refuerzos dialécticos, los discursos de los especialistas, demasiado a menudo en detrimento del propio niño aquejado de este síndrome; en detrimento también de la familia, tan probada ante semejante problema. En efecto, todas las estructuras relacionales familiares se ven perturbadas, distorsionadas, dramáticamente desorganizadas por un contexto así.
Este síndrome existe. Nos es dado encontrarlo con frecuencia en nuestros Centros y tratarlo según una metodología que voy a describir.
Me mantendré en un plano únicamente descriptivo, a fin de presentar con la mayor objetividad posible los resultados que obtenemos. Se sabe que, en un campo así, todas las puertas quedan abiertas a investigaciones específicas muy profundas en función de cada caso particular.
Por poco que uno se vea confrontado con el autismo, pronto se halla ante un «genérico» multiforme. Existe, ciertamente, un tronco común, pero también mil y un detalles que suscitan tantos cuadros clínicos como niños autistas hay, y que ponen de relieve tantas desorganizaciones relacionales como familias implicadas.
Así pues, nada se dirá aquí de la organicidad o de la no organicidad de este síndrome. Tampoco hablaremos del factor genético. Para nosotros se trata de ir a lo esencial, señalando lo que hacemos. En cuanto a los resultados positivos o negativos obtenidos, siempre resulta fácil emitir después hipótesis. Tendrán su interés si desembocan en una actitud terapéutica verdadera. Pero si se trata de recrearse en las palabras y de suscitar tesis sin salida, más vale decirse que no se sabe nada en lo que respecta al autismo y que cada cual hace lo que puede.
Una pedagogía de la escucha
Nuestra acción, por consiguiente, se desarrolla en el nivel de una pedagogía de la escucha. Poco nos importa saber por qué el niño autista no escucha. Solo tenemos la certeza de que oye —al menos así parece demostrárnoslo—, pero que, deliberadamente, se niega a escuchar.
Las consecuencias no se hacen esperar. Al negarse a escuchar, es decir, a integrar el lenguaje, el niño vivirá en un universo sonoro del que la palabra quedará excluida. Situación particularmente penosa, tan dura para quien la padece como para la familia, que se encuentra de lo más desvalida ante esta negativa a toda semántica.
Así, el autista vive intensa y paradójicamente en un mundo acústico-sonoro donde toda significación semántica queda eliminada, ignorada. Aunque pueda oír volar una mosca, no es capaz de percibir su nombre cuando se pronuncia a su lado. Todo sucede aquí como si se hubiera producido una escisión entre el sentir y el percibir. La acción pasiva, la que lo deja sumergido en sonidos, subsiste a veces incluso de manera excesiva, mientras que el salto hacia la vigilancia, de donde emergerá la conciencia, no se realiza.
Hay, pues, como se ve, un mecanismo ausente; haya sido perdido, o no haya madurado, o sea inexistente, el hecho está ahí. No está.
De este modo, los niños autistas son asaltados por mil y mil estimulaciones, pero ninguna de ellas entra en una estructuración categorial. Oyen pero no escuchan. Tienen ojos y no ven. Tienen boca y no hablan.
Es cierto que, en este plano, el autismo está mucho más extendido de lo que pudiera creerse, y los casos que aquí referimos no son, en realidad, sino casos extremos.
El universo que rodea a los niños autistas es paradójico, sin enlace, sin síntesis en cuanto al desarrollo de un acontecimiento a otro. Se tranquilizan a su manera mediante algunos estereotipos que los fijan sobre sí mismos, al tiempo que les confieren una apariencia de realidad conductual.
El mundo se les presenta sin unidad, sin desarrollo. Su visión está hecha de una sucesión de instantáneas espaciadas. Los sonidos se manifiestan como secuencias repetitivas, sin que ninguno de ellos pueda tener referencia alguna con la palabra. En efecto, si una sola palabra fuera percibida, sentida semánticamente, el síndrome desaparecería.
No se trata, como lamentablemente se ve tan a menudo, de «adiestrar» a un niño para que pronuncie palabras. Eso carece de todo sentido. Y todos los procedimientos educativos que se basan en este sistema están, forzosamente, abocados al fracaso. No conducen, en definitiva, sino a la verbalización de unas pocas decenas de palabras, y ello tras meses o años de esfuerzos.
Pero entonces, ¿qué hacer?
La posibilidad que hemos tenido de tratar a un gran número de autistas nos ha permitido pensar que, por una razón que no buscamos necesariamente poner de relieve, el deseo de comunicar no ha nacido en estos niños. Y, en particular, el deseo de comunicar con la madre.
¿Qué quiere esto decir? Nos parece oportuno recordar aquí que el oído es un órgano particularmente precoz, sobre el que se injerta el más ontológico de los deseos: el de comunicar.
El ser humano es, en efecto, una criatura eminentemente social, y el sentido de su comunión con el grupo no es concebible si la facultad de escuchar no es explotada con rapidez.
Esta facultad se desarrolla tanto más deprisa cuanto que el oído humano, en tanto que órgano anatómico, queda concluido ya en los primeros meses de la vida intrauterina. El «embrión-feto» es ya un oyente que escucha. Y todo el aparato neurológico que pende de este órgano es operativo desde el quinto mes de la vida fetal. Más aún: el cerebro auditivo temporal está acabado en el momento del nacimiento.
Esta asombrosa precesión del oído en tanto que órgano de la escucha permite comprender por qué no es excesivo sostener que el deseo de escuchar es el deseo más ontológico del ser.
Este deseo de escuchar determina la condición humana de quien va a nacer, puesto que ya desde ese momento se establece su comunicación, al revelarle su pertenencia al mundo sonoro que lo rodea. Añadamos que el oído fetal percibe notablemente la voz de la madre. Existe así una intercomunicación, una verdadera comunión entre la madre y su hijo. Las madres lo saben muy bien. Hablan con el hijo que llevan. Le cantan canciones, dialogan con él.
Sobre este fondo relacional íntimo, cotidiano, permanente, del que los ruidos demasiado viscerales son felizmente eliminados por el juego de filtro que opera la cóclea al suprimir los sonidos graves, el feto vive ya el maravillamiento que suscita el fluir de la voz de su madre. Allí, y no en otra parte, comienza el deseo de escuchar.
Si por una razón cualquiera, insospechada, este deseo de escuchar no se esboza, o si muere en germen, aparecerán trastornos profundos de la comunicación. Conocemos las consecuencias.
¿Cuál será entonces nuestra acción?
Consistirá en intentar despertar ese deseo de escuchar. ¿Cómo vamos a proceder?
Cuando es posible, grabamos la voz de la madre, y preparamos esa voz filtrándola para que sea recibida del modo en que el embrión-feto sabe percibirla.
Una técnica elaborada de filtrados progresivos nos ha llevado a establecer en detalle las distintas etapas de esta percepción. Por consiguiente, los mensajes recogidos y así preparados se graban en magnetófonos de gran calidad profesional, para luego inyectarse en complejos electrónicos denominados «Oídos Electrónicos».
Estos conjuntos son modelos que funcionan como el propio oído humano cuando este decide pasar de la audición a la escucha.
En efecto, un juego muscular en el oído medio desencadena esta decisión volitiva mediante un juego de adaptación. De suerte que el mensaje que ha sensibilizado el oído no solo es sentido, sino además percibido, es decir, apreciado, descodificado, analizado en sus diferentes parámetros. Ya no son ruidos lo que el feto detecta, sino toda la dinámica del discurso.
Es asombroso ver con qué facilidad los niños autistas, tan fuertemente inclinados a no aceptar el universo lingüístico, son inmediatamente atrapados por el deseo de percibir ese nuevo mensaje, que puede recordarles algo «ya vivido» (lo que la palabra «desiderium» significa etimológicamente, lo recuerdo) o hacer aparecer ese deseo de escuchar sobre el que va a construirse la comunicación.
Esto puede parecer evidente en la medida en que se acepte la importancia del despertar de la facultad de escucha, sin duda la más asombrosa de las adquisiciones entre las estructuraciones dinámicas humanas.
Hay que añadir que, si la madre puede hacerlo, le proponemos realizar sesiones de acompañamiento, que le permitirán formar parte integrante del programa.
En efecto, cuando una «inclusión» autista reside en el seno de una estructura familiar, es la dinámica relacional entera la que se ve fuertemente perturbada, puesto que no existe ningún medio normal de comunicar. Toda intervención en este nivel queda, en efecto, bloqueada, rechazada de inmediato, a veces incluso con particular violencia.
Por eso pedimos a la familia, y muy especialmente a la madre que ha aceptado hacer el don de su voz para su hijo, que se someta también ella a una educación de la escucha. Este compromiso permite así hacer resurgir, volver a solicitar ese inmenso deseo de escuchar sobre el que toda comunicación encuentra su fundamento.
El cursus consiste, pues, en hacer escuchar al niño la voz de su madre a la manera fetal, a través del Oído Electrónico.
Ciertas reacciones revelan que hemos alcanzado el nivel buscado. Antes de abordarlas, señalemos que el niño acepta por lo general los sonidos maternos filtrados con entusiasmo, algo que a ciertos adultos, y en particular a ciertos especialistas, les cuesta mucho concebir. Es cierto que procedemos de manera progresiva. Veremos cómo más adelante.
Las reacciones constatadas
Entre las reacciones constatadas, las de la vida neurovegetativa son por lo general las primeras en manifestarse, y ello de un modo muy perceptible:
- el sueño se vuelve apacible, tranquilo, mientras que todo lo que dejaba presentir perturbaciones a través de pesadillas desaparece.
- el apetito se normaliza; el niño que antes comía poco se pone a «devorar», mientras que el que era un pozo sin fondo pide menos alimento. En realidad, el niño busca enseguida una posición de equilibrio.
Precisemos de pasada que el sueño y el alimento son, por sí solos, todo un conjunto de comunicación profunda con la madre.
Después, muchas cosas se modifican en el plano del comportamiento. Pero ahí hay que ayudar a la madre a aceptar esos cambios, ella que desde hacía ya mucho tiempo se había habituado a reacciones atípicas e insólitas por parte de su hijo.
Por regla general, se vuelve cariñoso con ella, busca el contacto, le gusta sentarse en su regazo, acariciarla. Él mismo acepta que ella lo toque. Hay que actuar, por supuesto, de manera progresiva, a fin de no desencadenar demasiado deprisa adquisiciones que, en realidad, deben instaurarse lentamente, con naturalidad, como surgidas por sí mismas.
A veces, por el contrario, el rechazo del niño hacia su madre es más marcado, más fuerte, sin que se comprendan las causas y, sobre todo, sin que el propio niño sepa el porqué.
De cuando en cuando, y esta fase es importante, el autista se echa a llorar desesperadamente. Hay que dejarlo. Hay que dejarlo llorar a su antojo. No sabe por qué llora, del mismo modo que no sabríamos explicar semejante comportamiento. Pero el llanto va a permitirle superar un estado doloroso. Puede llorar horas… incluso un día o dos. Hay que dejarlo, no intentar consolarlo. Se consuela a sí mismo por el hecho mismo de llorar.
Tras la tormenta y el llanto, aparecen las risas y la vigilancia, en la medida en que la madre sepa aceptarlas. No siempre es el caso. En efecto, por su actitud desconcertante, los autistas se han convertido en objetos de su madre, quien a su vez se ha convertido en su cosa. Y la trama de tensión que se ha instalado así puede impedir que se realice la reinserción del niño en una vida normal.
El papel del padre
A continuación hacemos intervenir al padre. Basta con explicarle el papel que debe desempeñar junto a su hijo. Hay que redefinir, en efecto, su acción respecto de ese niño que nunca fue suyo, podría decirse, puesto que no disfrutaba de semántica. Pues es el lenguaje el que hace que el niño llegue a ser el hijo de su padre. Pero un lenguaje muy específico, por el cual debe pasar la información y sobre el cual debe erigirse la ley.
El padre no es el que riñe. Es el que explica, el que enuncia la ley hasta que esta sea realmente aceptada. A él corresponde asegurar su aplicación.
La cima de la articulación en el nivel de la dinámica relacional familiar es, ciertamente, difícil de alcanzar. Conducirá primero al niño a encontrar verdaderamente a su madre. Este deberá crecer para descubrirla. Le hará falta hacerse adulto para amarla.
Y no está dicho en absoluto que haya aceptación de ese impulso relacional en el corazón de una madre que durante tanto tiempo permaneció prisionera de un feto que llevaba a la vez en ella y fuera de ella.
Si se quiere que el niño sea un devenir en potencia, si se quiere, pues, que crezca, es preciso que la madre y el padre desempeñen sus respectivos papeles, siendo lo que está en juego, por supuesto, el niño. En este caso, la madre le ofrece su corazón y el padre el lenguaje. Solo la madre tiene derecho al amor del niño que se encamina hacia un estado cada vez más adulto, mientras que el padre ve realizarse su acción en el devenir del niño.
¿En qué consiste una cura de pedagogía de la escucha?
Ante todo, se realiza un balance audio-psico-fonológico con vistas a recoger todo cuanto se haya hecho o dicho con anterioridad y a detectar eventualmente lo que haya de lesional, de psicológico, o quizá nada…
Después, proponemos el siguiente cursus:
Se emprende una primera cura madre / hijo durante quince días, a razón de dos horas diarias, es decir, a razón de cuatro sesiones por día, correspondiendo cada sesión a una grabación de media hora. Esta cura es, en realidad, una sensibilización a la escucha y a la comunicación, tanto para la madre como para el niño.
En el caso del autista, es sencillo: se niega a escuchar todo lo que es verbal. Pero, en el caso de los padres, ciertos signos pueden traducir las angustiosas dificultades que padecen de manera permanente en un contexto familiar así.
Sea como fuere, de nada sirve mejorar al niño, llevarlo a escuchar, si no se tiene la certeza de suscitar una actitud similar en la madre. Si esta se niega a comprometerse en idéntico proceso, es a buen seguro hacia el fracaso, y hacia el fracaso total, hacia donde nos dirigimos. En tal caso, no nos hacemos cargo del niño.
Así pues, madre e hijo vienen al Centro durante quince días para aprender a escuchar y a escucharse mutuamente. La estancia transcurre por lo general muy bien, tanto más cuanto que ciertas reacciones suscitan a la vez sosiego y energía.
Durante la cura, algunos niños se adormecen, mientras que a otros les sobreviene un frenesí de dibujar o de escribir. Lo que es importante advertir es que todos aquellos a quienes se invita a oír ciertas secuencias sonoras preparadas de modo semejante pasan por las mismas temáticas.
La primera fase de este cursus se denomina el «retorno sónico» y se efectúa sobre un fondo musical mozartiano. Conduce, en realidad, de la audición normal a la escucha de los sonidos según el modo de percepción embrio-fetal. Esta última puede parecer a veces insólita y, por ello, puede ser mal tolerada. Por eso vale más proceder a esta preparación por medio del retorno sónico, y ello con discernimiento y prudencia. Según el criterio del psicólogo clínico, esta primera etapa será más o menos larga en función de los elementos de ansiedad recogidos durante el balance inicial.
Después viene la imbibición en los sonidos fetales, embrio-fetales. Conviene proseguir esta imbibición tanto tiempo como se observen modificaciones y tanto tiempo como sea aceptada por el niño. Es necesario permanecer en esta base de sonidos filtrados mientras el deseo de escuchar no esté aún elaborado.
Este deseo de escuchar no es otra cosa, en realidad, que el deseo de nacer. El niño, como se ve, cambia totalmente de actitud con su madre. Se vuelve más travieso, más ruidoso, pero balbuceante. Y así se tiene a menudo la oportunidad de asistir a la génesis de un lenguaje que se elabora, a través de los «ajó-ajó», del balbuceo, de los «papá», de los «mamá», etc.
Ahí, y ahí más que en ninguna otra parte, habrá que ayudar a la madre y al padre a dominar su deseo de ver quemar etapas.
El deseo de escuchar es frágil, lento en estructurarse. Debe suscitar el deseo de comunicar. Pero no hay que atropellar nada ni querer acelerar los mecanismos de cristalización de este fenómeno. Por poco apremiantes que se muestren los padres, por poco que deseen oír palabras, hacer repetir otras, corren el riesgo de comprometer todo lo que se ha adquirido.
Cabe observar que, ante un lactante deseoso de hundirse en el balbuceo y luego en el lenguaje, todo el mundo es respetuoso con ese hecho. Todo el mundo lo admira. En cambio, frente al autista o al niño que ha entrado en una vía de rechazo o de retraso, no se cesa de provocarlo, de pedirle que vuelva a decir y a repetir. Se lo acosa para verlo reaccionar como un animal de circo.
Ahora bien, en tal circunstancia, ¡es el animal quien gana! Si el niño barrunta toda esa dinámica distorsionada, no se deja atrapar en ese juego. Y es él quien, voluntariamente, subyugará a toda la familia soltando las palabras que quiere cuando lo desea, o absteniéndose de hablar y negándose a hacer lo que se le pide.
El niño gana en ese juego. Es verdad. Pero muere de nuevo al deseo de comunicar.
Lo que hay que hacer con un autista que empieza a desear hablar es recoger silenciosamente y con amor todos sus dichos, anotar sus progresiones, hacer el balance de sus adquisiciones.
El arranque es lo más difícil. Después, hay aceleración. A medida que el lenguaje se enciende, aparece la vigilancia. La mirada se vuelve expresiva. Las palabras comienzan a sucederse y, más tarde, llegan las frases.
Tal es el proceso de desarrollo de una cura durante los quince primeros días. Se observan luego de tres a seis semanas de reposo. No se puede, de hecho, ir más rápido que el sistema nervioso implicado en todo este proceso.
La segunda serie, que dura ocho días, se realiza en audición fetal. Después, y en función de las reacciones y de los resultados, pedimos proseguir a un ritmo de ocho días cada seis, ocho o diez semanas, hasta que el lenguaje esté normalmente estructurado. Durante estas series consecutivas se franquean nuevas fases en forma de alumbramiento sónico, de prelenguaje con cantos y canciones infantiles, música mozartiana, melodías gregorianas. Luego aparece la última etapa, la del lenguaje.
¿Será preciso señalar que, si la institución en la que se encuentra el niño es cooperante, todo se facilita singularmente y se desarrolla con mayor rapidez?
Los resultados
Cuando son positivos, permiten al niño normalizarse. El trabajo es tanto más fácil cuanto más joven es el niño, como bien se comprende.
Pero lo que es seguro es que obtenemos, en los casos que llamamos positivos, una restitución del deseo de escuchar y de comunicar, al tiempo que una mejora del lenguaje a medida que se avanza en la cura. Estos casos son del orden del 40 al 60 %. Existen fracasos, al menos un 40 %, sin que a menudo se sepa por qué. En efecto, ciertos balances nos dan la certeza de un desarrollo fácil, cuando lo que sigue resulta mucho más complejo y más largo. Otras veces, partimos pesimistas, pensando que emprendemos la cura a título indicativo, y las respuestas resultan ser buenas.
Es precisamente ahí donde debemos confesarnos impotentes para conocer la profundidad de la «lesión» —afectiva o no— que ha motivado esa famosa ruptura de la escucha o la no eclosión de esta facultad, lo que viene a ser lo mismo. Sin embargo, en todos los casos no estamos autorizados a considerarnos vencidos o impotentes. Por eso siempre nos inclinamos a intentar iniciar un proceso bajo Oído Electrónico, a fin de conocer las reacciones del niño.
Es evidente que estas curas tienen inconvenientes, inconvenientes mayores. Son onerosas y frecuentes.
- Onerosas por la puesta en marcha de un material electrónico considerable y de un personal cualificado.
- Onerosas por la obligación de una estancia en un Centro especializado.
- Onerosas también porque aún no están integradas en las curas de una terapia institucional capaz de hacerse cargo de todo.
En efecto, para los padres, presentarse en un Centro, asumir semejante compromiso, aceptar la inversión de una dinámica familiar total, todo ello tiene ya en sí mismo un efecto cierto. Además, la rutina monótona que se vive en una institución no tiene nada que ver con todo cuanto conforma el entorno valorizante del que el niño se beneficia en el transcurso de una cura en un Centro.
Es cierto también que esta nueva técnica exige la presencia de un personal cualificado, dispuesto a entregarse por entero a la ética de un método semejante. Este, por lo demás, no da resultados tan positivos sino porque, en el seno mismo del Centro donde se aplica, todos los miembros del equipo trabajan en una sola y única dirección.
No hace cada uno lo que le viene en gana en el momento en que le parece bien hacerlo. Todo está centrado en la escucha, en las exigencias que esta última introduce.
No se entra en la dinámica de la escucha como quien pasea distraído por un corredor.
Se trata de hacerse cargo de aquel que está en dificultad y que llama a la puerta. Se trata de saber que existe y que es. Se trata de dejarse penetrar por la conciencia afinada de que se pertenece al grupo humano.
Entrar en el dominio de la escucha constituye un verdadero compromiso humano, puesto que conduce del plano existencial al plano de la Esencia.
Alfred Tomatis
Fuente: Alfred A. Tomatis, «Información sobre el Autismo», París, 1986. Transcripción a partir del facsímil.