Lo arbitrario en el lenguaje
Lo arbitrario en el lenguaje — II Congreso nacional de la Asociación Francesa de Audio-Psico-Fonología
Lo arbitrario en el lenguaje
«Lo arbitrario en el lenguaje» constituye uno de los grandes temas del pensamiento lingüístico moderno. Nos sentimos tanto más sensibilizados ante este problema cuanto que nuestra orientación de audio-psico-fonólogos nos confronta a diario con todo cuanto atañe al lenguaje, al acto del habla, al psiquismo que lo sostiene, al pensamiento creador… y, por ello mismo, a la noción de arbitrariedad.
De introducción reciente, la palabra «arbitrario» no adquirió todo su valor lingüístico sino por el peso que había de concederle Ferdinand de Saussure. Esta «gravedad» había de conducir, no obstante, a su autor por los meandros de un laberinto del que quizá nunca salió.
El Curso de lingüística general, recogido con esmero por algunos de sus discípulos, nos revela hasta qué punto el pensamiento saussureano estuvo, desde el principio, centrado en el aspecto arbitrario del signo. Este hecho es tanto más importante cuanto que la orientación que parecía tomar la lingüística en aquella época hallaba así uno de los apoyos más afirmados en los trabajos de Ferdinand de Saussure y veía consolidarse las bases que intentaba establecer desde hacía algunas décadas. Por eso, desde ese momento, la palabra pasó a ser esencialmente arbitraria. Gracias a esta incontestable afirmación, emanada del mejor informado, el hombre queda en adelante llamado a elevarse hasta ese lugar mismo donde puede pretender, por su genio, hacer brotar el verbo.
Los argumentos que ofrece Ferdinand de Saussure son sencillos, sorprendentes incluso. Este autor pone así de relieve el hecho de que un mismo animal recibe dos nombres a uno y otro lado de una misma frontera. A primera vista, parece fácil asentir con beatitud. ¿Cómo no admitir, en efecto, que sobre nuestro mamífero denominado arbitrariamente « ox » viene a estamparse una segunda etiqueta, no menos arbitrariamente concebida, que lo designa con el vocablo « bœuf », y ello con apenas unos metros de diferencia? Si bien sin duda es el mismo dentro de su piel, nuestro bovino no por ello ha dejado de beneficiarse, en el transcurso de los tiempos, del doble arbitrio de instancias «denominadoras» diferentes. Tal aseveración es ciertamente irrefutable, tanto más cuanto que la insistencia con que este innovador fundaba sus dichos solo tenía parangón en su autoridad de entonces en materia de lenguaje. En realidad, lo que quería decir Ferdinand de Saussure es que nada había inclinado la elección de un término en lugar de otro y que, por ello, todo determinismo preexistente debía eliminarse. Para él, se trataba de una elección pura y simplemente «inmotivada».
He ahí algo claro, sin réplica, que ponía fin a las diversas tribulaciones que la lingüística había conocido hasta entonces. Esta, en efecto, se perdía en errancias sin fin en las que la sumía la investigación etimológica que, sostenida por la vana esperanza de acceder a la génesis misma del lenguaje, desembocaba regularmente en la solución unívoca de un origen divino. Tal enfoque eliminaba, con toda seguridad, cualquier introducción, por menor que fuese, del concepto de arbitrariedad.
Nada es tan sencillo, es verdad, y, sin embargo, en el mejor de los mundos, todo es siempre mucho más complejo. Nunca se consideran lo bastante los textos en sí mismos; y si autores como Saussure supieron soltar, de manera lapidaria, que la palabra era arbitraria, no por ello dejaron de verse obligados a llevar a cabo, durante la mayor parte de su vida, un análisis muy profundo de esa idea lanzada de un golpe, con el fin de suscitar, tras una larga serie de reservas, una reflexión capaz de poner en tela de juicio los distintos conceptos lingüísticos. Una ruptura brutal con las ideas previamente establecidas es ciertamente a veces necesaria, pero debe desembocar inevitablemente en una multitud de vías nuevas elaboradas con minuciosidad, estudiadas con rigor y que muestran hasta qué punto la mesura ha de introducirse en afirmaciones emitidas con tanta deliberación.
Decía, hace un instante, que Saussure parecía no haber salido jamás de su callejón sin salida, hasta el punto de hacer creer que había captado íntimamente sus extravíos. A medida que avanzo en el estudio de su obra, me persuado, en efecto, cada vez más, por mil y un detalles, de que al menos había barruntado su error, sintiendo con una agudeza acrecentada con el tiempo que se había adentrado por una pista falsa.
En efecto, «lo arbitrario» que él ponía tan manifiestamente de relieve solo adquiría el color de una innegable evidencia para el neófito. Una relectura cuidadosa, más atenta, de los dichos del maestro de Ginebra solicitaba, en efecto, otras interpretaciones, mientras se instalaba en él un pensamiento más sutil y a la vez más maduro.
Ferdinand de Saussure conocía ya las críticas que corría el riesgo de suscitar su aserción inicial, tan abrupta, tan lapidaria. Él mismo anunciaba, como excepciones que parecían confirmar la regla, las onomatopeyas y los juegos silábicos que de ellas se derivaban. Señalaba, de manera muy mesurada, la presencia de esas palabras de doble pertenencia, culta o vulgar según su procedencia. La inclinación actual que consiste en explicarlo todo por el lado sociocultural encuentra ciertamente ahí uno de sus arbotantes más sólidos.
Sin embargo, a medida que el campo de investigación se amplía, se instala en Saussure un silencio cuya profundidad, apenas concebible, nos lleva a pensar que este hombre, tan sensible a los aspectos del discurso, se hundió de pronto, y luego quedó encenagado, en los arcanos del dédalo que representa la realidad del lenguaje. Mientras llenaba hasta la saciedad cuadernos cuyo objeto consistía en el estudio del mito de los Nibelungos, o se sumergía en investigaciones sin fin sobre el juego de las combinaciones de las letras, surgidas de los anagramas, Saussure se vio sin duda poco a poco confrontado con la irrealidad de lo arbitrario, y pudo medir la grandeza de la ilusión a través de la cual se había dejado atrapar y que le hacía creer, en un primer acercamiento, que el hombre era dueño del verbo cuando no era más que su instrumento.
Es sabido cuánto este eminente lingüista se volvió progresivamente silencioso, apagándose, según dicen algunos, en un cripto-etilismo que le permitía evitar, olvidar el pensamiento verbalizante que comenzaba a entrever, ese pensamiento creador de la palabra, único capaz de jugar con la letra que él mismo había concebido.
Henos, pues, situados de nuevo ante el problema del lenguaje, hoja de doble cara que el maestro de Ginebra, a la manera de Platón, supo poner tan bien de manifiesto. Sin embargo, el gigante del pensamiento de Atenas, muy hábil en el manejo de la controversia mediante una dialéctica sabiamente conducida, muy ejercitado en afrontar las ideas en boga, supo introducir admirablemente, por intermedio del decidor de verdades, Sócrates, sus reflexiones sobre el lenguaje. Solo se aventuró con prudencia en ciertas tomas de posición acerca de un posible arbitrio. Si el hombre sabe innovar en materia de lengua, pensaba, si sabe además conceder al objeto su dibujo, su forma, su color, si logra también —añadía— arrancarle su «definición sonora», correspondencia sónica que determina en cierto modo su forma acústica, si, por tanto, aparentemente, el hombre se vuelve deliberadamente, por su propia voluntad, el creador de la palabra, le parece sin embargo necesario a Platón rodearse de un extremo rigor, atribuyendo esta facultad electiva al legislador.
Así, en el espíritu de Sócrates y según los dichos de Platón, solo está abierto al logos quien está conectado directamente con esa trascendente conciencia. Puesto en resonancia por esta última y a través de un cuerpo convertido en instrumento, el Ser logra así expresar el decir del logos. Desde ese momento, la palabra canta la forma que ha de designar.
Sócrates, no obstante, ante la resistencia de Hermógenes —su interlocutor junto a Crátilo—, supo atraer hábilmente hacia sí a aquel joven todo impregnado de la filosofía de Heráclito, revelándole el juego de los mecanismos que animan la letra.
Los comentaristas que se ocupan de lingüística están tan lejos de comprender el alcance de esta breve descripción que llegan a pensar, con toda buena fe por lo demás, que se trata en Platón o bien de una fabulación, desconcertante a decir verdad, o bien de una exageración deliberada, o bien aún de una simple broma. Sin embargo, las proposiciones avanzadas a propósito de ciertas letras tales como (ρ, φ, ψ, σ, δ, λ), por ejemplo, no dejan de hacernos pensar en los mecanismos de análisis que permitieron en otro tiempo a los Antiguos crear toda una técnica «literal» de comprensión de la letra misma, en tanto que símbolo destinado a despertar a la vez un sonido, una imagen significante y una evocación oculta, esa con la que sabían jugar tan excelentemente los Egipcios y luego los Hebreos. Es en la escritura hebrea donde, con una pertinencia inigualada, la letra recobró a la vez su valor de imagen corporal, su componente simbólico universal y su significación profunda.
Los peligros que introduce la noción de arbitrariedad son particularmente nocivos, pues encierran al hombre en una idea presuntuosa que le hace creerse el creador del lenguaje y que lo orienta hacia una vía en cuyo recodo pretende tener a su merced tanto la fuerza que le dio la vida como aquello que le insufló la letra, el lenguaje y el espíritu.
El punto crítico que aparece como denominador común de estas consideraciones es, como se ve, el lugar donde se revela el empuje egótico de cada hombre que quiere ser el maestro pensador y el fundador absoluto de su propia razón. No hay, de hecho, nada tan irrazonable, y es ahí mismo donde comienza el delirio.
No hay libertad alguna en materia de lenguaje, así como no existe libertad alguna en el nivel de nuestra relación con el Universo mismo. Somos dependientes, y nuestro libre albedrío reside en la posibilidad de aceptar o no esa relación y de quedar desde entonces destinados, o bien a progresar por el camino donde la significación de la letra se nos revela, o bien a permanecer sordos a esa evocación y, por ello mismo, a quedar fuera de la ley.
La visión que el enfoque audio-psico-fonológico proyecta sobre el lenguaje reviste un aspecto que coincide en gran parte con esa concepción de interdependencia con el entorno lejano, cósmico incluso. En efecto, los procesos de escucha que nuestra especialidad sabe desarrollar abren amplias vías hacia el despertar de la conciencia, la cual misma, en su grado último, parece no reflejar sino lo que el logoï le dicta o le revela. Dicho de otro modo, el Universo se descubre a quien quiere verlo y habla a quien bien quiere escucharlo, si bien, para alcanzar esta última etapa de evolución, parecen necesarias ciertas potencialidades. Son precisamente las que solicitamos por medio de las técnicas puestas a punto en el transcurso de los últimos treinta años.
Desde entonces, a partir de semejante trampolín, el lenguaje no constituye ya sino una respuesta o una reproducción en lo verbal de lo que el logoï revela o enuncia al manifestarse. Este lenguaje verbal no puede ser, como se comprende, sino paralelo, analógico, puesto que solo disponemos de palabras para significarlo, a él que es significante por esencia. Por eso nuestro lenguaje, como la información que responde al estímulo recibido, a la flecha percibida, se denominará parábola o también palabra; pero esta solo tendrá valor si la relación se ejerce directamente, sin intermediario, con el logos mismo, no pudiendo ser por supuesto toda integración sino paralela, evocando de manera simultánea la representación mental síncrona o símbolo, verdadera imaginería de la realidad, soporte del diálogo en su definición misma.
Todo lenguaje que no se instale en este nivel quedará como absorbido por la resonancia de la palabra misma en su significación más prosaica. Las evocaciones simbólicas desaparecerán y, mientras la lengua opere una conversión cada vez más orientada hacia una descripción concreta y material, el pensamiento consciente se volverá entonces tributario de un universo lingüístico sin abstracción, sin poesía y, paradójicamente, sin rigor, puesto que pronto quedará desprovisto de una verdadera comunicabilidad y responderá esencialmente a las preocupaciones de cada cual. Bajo un falso aspecto de generalización, cada hombre hablará, pues, su propia lingualidad en su forma egótica. Y desde entonces, cada palabra parecerá sacada de la aljaba donde se guardan en reserva las flechas dialécticas; las llamaremos de buen grado las dia-bolas (de diabolos). Vemos así cuán lejos estamos de la comunicación entablada en el diálogo.
¿Qué ocurre, pues, con lo arbitrario? Siempre sostenido por el deseo sin cesar insatisfecho de ver surgir su propia acción, su propia voluntad, el hombre se empeña en crear deliberadamente la palabra que denomina el objeto. Este hecho parece tan arraigado en su naturaleza humana, en su presunción de designar y de tener por una realidad suspendida de su verbalización «la cosa» evocada, que asocia a ello inevitablemente su condición de hombre de hoy. Pero este hecho, inherente a sus mecanismos mentales, pertenece en realidad a todos los tiempos. Que cada cual decida construir un lenguaje: es el suyo el que construye. Pero a partir del momento en que ese idioma debe volverse comunicable y, por ello mismo, aceptable por la comunidad circundante, se recurrirá entonces al hombre del arte, al inspirado, a aquel que sabe enunciar la palabra verdadera, llena de sentido, de buen sentido. ¿No es el hombre de la ley, en sentido platónico, el que así reaparece? ¡Cuántos neologismos surgidos «arbitrariamente», sin contacto con la intimidad de la «Cosa», han conocido una vida efímera en la ronda de la evolución de las palabras! Las raíces de evocación profunda son las que resisten indefinidamente al desgaste del tiempo.
No hay en la palabra de arbitrario más que el deseo de crearla. Después, es asunto de expertos; antaño se habría dicho de iniciados o de sabios.
Así, en materia de arbitrariedad en el nivel del lenguaje, siempre será necesario ser extremadamente prudente y no aventurarse en ninguna afirmación categórica. Pues nada es menos seguro que esa certeza. Como acabamos de ver, hay que tomar muchas precauciones. No se trata, en efecto, de blandir tal o cual argumento cuyo único fundamento reposa en una palabra o una imagen verbal que no es de hecho sino la representación mental que se le quiere conceder. Así, decir de la palabra que es la herramienta, el instrumento del pensamiento, no es progresar gran cosa en el conocimiento del lenguaje. Platón sabía ofrecer una misma evocación, esclareciendo a la vez su propósito sobre la lengua con otras mil imágenes comparativas de las que podía surgir una idea analógica. Mientras que nuestros dialécticos lingüistas actuales, alegando la expresión introducida por Marx, un poco tardía sin duda, relativa a la noción material de instrumento en materia de lenguaje, polarizan todos sus esfuerzos en querer probar que no hay nada más material que la palabra. ¿No se afanan, al mismo tiempo, en afirmar con vehemencia que todo lingüista de valía es, si no un marxista en potencia, en todo caso un hombre de izquierda? El estudio de la lengua se acomoda muy bien a la neutralidad en el dominio de la política, y las leyes que la rigen siguen siendo lo que son al margen de toda incidencia procedente de la derecha o de la izquierda.
Lejos de nosotros la idea de rechazar toda noción de progreso, noción que en nada se asemeja —tengo a precisarlo— a aquella, regresiva, del llamado «progresismo». Nuestro enfoque audio-psico-fonológico nos permite pensar —al margen de toda consideración no objetiva— que el hombre es el instrumento del lenguaje. Es, pues, hacia una inversión de polaridad conceptual hacia donde nuestra disciplina nos conduce.
Corresponde al logoï del que hablábamos hace un instante expresarse a través del hombre; y corresponde a este último construirse, individualizarse, intitularse por medio de esa verbalización. A medida que la palabra se encarna en él, que la potencia verbal codifica su sistema nervioso, el universo se desvela en un proceso que se vuelve cada vez más científico. De hecho, ¿no debería el hombre de ciencia actual ser el teólogo que estudia el mundo, ese mundo dispuesto a entregarse a él hasta confiarle los secretos de la creación? Si la palabra teólogo nos estorba, ¿por qué no pronunciaríamos la palabra logólogo?
En conclusión, diremos que todo acercamiento a lo arbitrario en materia de lenguaje exige una extrema prudencia, redoblada por la plena conciencia de que los datos son y seguirán siendo limitados, pues bien cierto es que, en cierto grado del conocimiento, el hombre es llevado a penetrar en el dominio insondable del misterio, manifestación misma de sus límites y fuente inagotable de humildad.
Dr. Alfred A. Tomatis Presidente de la Asociación Internacional de Audio-Psico-Fonología Francia
Fuente: Alfred A. Tomatis, «Lo arbitrario en el lenguaje», comunicación al II Congreso nacional de la Asociación Francesa de Audio-Psico-Fonología. Transcripción a partir del facsímil.