El desafío de la audio-psico-fonología
El desafío de la audio-psico-fonología — conferencia inaugural, Universidad cristiana de Potchefstroom (Sudáfrica)
Por varios motivos quiero manifestarles el placer que me produce inaugurar este simposio.
La oportunidad de estar entre ustedes es, sin duda alguna, una de las principales razones que motivan esta satisfacción. Ustedes conocen, en efecto, el lugar privilegiado que mi esposa y yo concedemos a nuestras amistades y a nuestras relaciones con la Universidad de Potchefstroom. Después, la posibilidad que me dan de expresarme sobre el objeto de una investigación que ha ocupado la casi totalidad de mi existencia es otra razón, nada desdeñable. Por último, el hecho de invitarme a considerar como un desafío la obra que se está realizando constituye uno de los medios más seguros para incitarme a participar en este encuentro.
Sin duda, el Profesor Van Jaarsveld conocía ya mi respuesta cuando me propuso el título de esta intervención, sabiendo cuánto me complace recoger y sostener el desafío. Es verdad que, por mi propia iniciativa, no me habría arrogado el derecho de embarcarme en semejante empresa, aunque solo fuera porque no me parecía evidente pensar que mi actividad hubiera podido sentirse como un verdadero desafío.
Es, pues, un esclarecimiento de conciencia totalmente nuevo para mí el que esta petición suscitó, y los efectos que debía provocar resultaron lo bastante poderosos como para empujarme a precisar mi pensamiento con el fin de situar, por una parte, el conjunto de mis trabajos con respecto a la psicología.
Por otra parte, considerarlos en su dimensión pedagógica y, por último, determinar su estatus frente a la esfera médica. Se me dio así la ocasión de evaluar, en cierta medida, el aporte que estas investigaciones habían podido suponer en diferentes ámbitos del conocimiento.
Es evidente que soy a la vez quien mejor puede enunciar y enumerar las distintas potencialidades de la Audio-Psico-Fonología, ciencia que me ha sido dado elaborar enteramente; pero sin duda soy también el peor situado para juzgar la obra realizada, al estar yo mismo demasiado implicado. No obstante, con la ayuda de la edad y al avanzar cada día en una mejor comprensión de los mecanismos que rigen el psiquismo, comprensión que apuntala sin cesar los resultados obtenidos, me parece ahora posible analizar objetivamente el conjunto de los trabajos realizados. Sin duda, en esta ocasión, cada día que pasa me revela el privilegio que tengo de envejecer. ¿No reside acaso el medio más seguro de alcanzar la edad madura en la alegría que se nos ofrece de avanzar con plenitud por el camino trazado y dentro de los límites del tiempo que nos es concedido vivir? Es entonces cuando el conocimiento se nos reparte acerca de todas las cosas, con una generosidad tanto más amplia cuanto que habremos estado disponibles y dispuestos a recibir para darlo todo.
La calidad del desafío reside tanto en el hecho de introducir un impacto nuevo, inesperado, insólito, que perturba o, cuando menos, modifica el orden establecido, como en la necesidad de sostener el esfuerzo durante un largo tiempo en el transcurso del cual las evidencias van tomando forma. Es, en efecto, necesario que ese impacto inicial, verdadero impulso, sea sin cesar vivificado por nuevas propuestas de investigación que deben a su vez reanimarse permanentemente. Es la ley. Toda propagación que quiera proseguir exige que el esfuerzo inicial se sostenga sin interrupción. Cada cual sabe, en efecto, que el problema de un impulso es resistir a los efectos de amortiguamiento. Debe propagarse en el tiempo y en el espacio sin pérdida de energía. Sabemos también —y se nos ha ofrecido la ocasión de constatarlo en varias oportunidades— que toda desviación acarrea efectos secundarios que provocan rápidamente resistencias debidas a la acción de los sistemas aberrantes así construidos. Añadamos que estos últimos terminan las más de las veces por anularse gracias a los efectos de interferencia que conlleva la puesta en funcionamiento de esos mecanismos anormales.
A menudo se tiende a aplicar al desafío la etiqueta de combate. Es cierto que la imagen no es demasiado fuerte, puesto que se trata, de hecho, de una lucha permanente contra los prejuicios de los hombres y puesto que se trata también de un incesante cuestionamiento de los conocimientos del momento, para que al final del recorrido se pueda, a fuerza de intuiciones y observaciones, alcanzar el lugar mismo donde todo es verdad a través de la evidencia. Pero nada es tan delicado como enunciar una evidencia, ya que escapa a las hipótesis y, por ello mismo, evita toda teoría. Se impone por sí sola, sin que ningún axioma pueda empañar su realidad.
Bien mirado, es verdad que la Audio-Psico-Fonología es esencial y únicamente un desafío. Por cualquier lado que se la examine, aparece como tal. Y basta con penetrar en su universo para quedar convencido de ello.
Constituye una apología de la escucha, de la escucha inducida por el lenguaje. La escucha se elabora, en efecto, de manera concomitante, y si hay lenguaje en el nivel más elevado en que lo situamos, hay forzosamente su respuesta: la escucha. Pues de nada le serviría al Logos adoptar su forma verbalizada si no pudiera asegurarse de ser aprehendido, hasta llegar a encarnarse a través de la escucha.
Solo el teólogo se sentirá a gusto ante semejante formulación, él, cuyo conocimiento se ve constantemente sostenido por el leitmotiv que pone en paralelo la escucha y la palabra. En cambio, comprendo muy bien que el hecho de pretender que el lenguaje —considerado en su forma más elaborada, es decir, en el nivel de un verdadero diálogo— sea el inductor de la escucha y, por ello mismo, del oído con todo lo que este representa en el plano de la organización cortical, constituye un desafío frente a las concepciones embriogenéticas. Estas hablan ciertamente de inducciones, pero las buscan en los elementos que movilizan las actividades cerebrales y que desencadenan reacciones de proximidad en proximidad. Todo ocurre en este caso como si se focalizaran en ciertos lugares potencialidades electivas capaces de desempeñar el papel de «organizadores». Pero el científico repugna dar el salto que correría el riesgo de conducirlo hacia «el inductor mayor», origen de toda inducción. Su racionalidad lo paraliza y lo obliga a avanzar a ciegas, paso a paso, mientras pierde su visión de lejos a medida que el horizonte se aleja.
Es también un desafío pretender que la escucha conduce al oído a convertirse en lo que es. Y, sin embargo, un análisis a lo largo del tiempo, ya se trate del recorrido filogenético o del proceso ontogenético, nos revela que el oído se organiza para acceder a esa excepcional función que parece propia del hombre y que, de hecho, le es atribuida para que el Logos se exprese. Pero semejante enfoque exige que se considere reconsiderar la fisiología del oído y que se acepte ir así en contra de las concepciones habituales. El oído humano funciona, en efecto, exactamente al revés de lo que se piensa actualmente. El órgano auditivo se instaura por su vestíbulo y bajo la influencia de la cóclea, que lo conduce a ello para que el cerebro pueda aprehender todo fenómeno sonoro. Semejante hazaña requiere no solo una actitud postural bien definida, sino que implica además que el ser humano se ponga a la escucha, con todo el oído abierto, es decir, con todo el oído interno dispuesto a entrar en una obediencia total respecto de esa función esencial, invitando a sus anexos medios y externos a conformarse a esa dimensión.
Dicho de otro modo, escuchar es un acto de alta naturaleza que depende de la función más elevada del cerebro, llamado a integrar lo que el Logos le revela. Esto exige que se organice una adaptación segunda con el fin de permitir al oído adquirir esa aptitud particular. A partir de entonces, al convertirse en un órgano esencialmente captador, en el sentido activo del término, se enriquece con toda información al tiempo que se beneficia de las miríadas de estimulaciones que esa actitud postural le permite recoger.
Es así como recoge no solo los estímulos sonoros a los que se asocian las secuencias significativas que sabe descodificar, sino también las estimulaciones que coordina el conjunto vestibular del laberinto. Gracias a las respuestas articulo-musculares y óseas que este sabe reunir, se instaura así todo un juego de la estática postural antigravitatoria y de la dinámica cinética de los movimientos.
Si es verdad que esta nueva concepción, que hace de la escucha la función mayor del oído, enciende y aviva el interés del psicólogo, no es menos cierto que tropieza muy a menudo con una oposición notable por parte de ciertas especialidades como la audiología y la otorrinolaringología. Confinadas desde hace varias décadas en datos teóricos que las llevan a callejones sin salida, esas especialidades permanecen paradójicamente sordas a nuestro enfoque. Lanzada por falsas pistas desde Helmholtz hasta Von Bekesy, la fisiología auditiva, aunque se enriquezca cada día con numerosos conocimientos parcelarios del más alto interés, sigue, en efecto, planteando problemas sin solución.
Ahora bien, la teoría que proponemos acerca del funcionamiento del oído invierte la polaridad de esas concepciones al atribuir a la conducción ósea la primacía que merece. Explica así los resultados de las exploraciones que se realizan actualmente en este campo. Mejor aún, los justifica al revelar su pertenencia a una misma unidad funcional.
Es también un desafío pretender ante médicos que el aparato auditivo se comporta realmente como una central dinamogénica. Pero ¿no es un desafío únicamente porque todavía no han pensado en ello? Los zoólogos, por el contrario, conocen desde hace mucho tiempo ese efecto energetizante del oído y saben perfectamente que esa función es un factor primordial. El desafío reside, de hecho, en la necesidad de derribar las barreras que separan dos especialidades, tan próximas, sin embargo, una de otra en el plano del conocimiento fisiológico.
Es también un desafío, un desafío a la lingüística, pretender que el lenguaje, considerado en su función más elevada, la que hemos denominado «función del lenguaje», resulta ser el inductor principal. ¿No tiene, en efecto, el lingüista una extraña propensión a introducir la relación inversa? Para él, el lenguaje es el fruto del medio sociocultural. Es verdad que el hombre está llamado a nombrar las cosas y los seres, como estipula con tanta verdad y poesía el Génesis. Pero la función de la palabra que le permite responder a esa invitación no es sino la respuesta analógica de la función del lenguaje, inducida ella misma por una intencionalidad que rebasa todo entendimiento. Ese rebasamiento no suprime en modo alguno el valor de la respuesta fenomenológica y no puede sino inundarnos de asombro.
Examinada a tal nivel, la lingüística adquiere un aspecto totalmente distinto, y el lenguaje pierde su dimensión de herramienta para no ser ya más que una secreción exudada por un cuerpo que se convierte desde entonces en el instrumento más o menos afinado de la función del lenguaje.
Es también un desafío pretender que el oído es un captador de comunicación que no solo integra el decir del otro —lo cual es fácilmente concebible—, sino que además controla el propio discurso del locutor gracias a la elaboración de un bucle audio-vocal que hace del oído —y, en el caso más favorable, del oído derecho— el regulador de un lenguaje fluidamente expresado, fácilmente controlado en todos sus parámetros.
El desafío prosigue cuando se afirma que, por ese juego de diferenciación relativo a la utilización preferente de un oído sobre el otro, se organiza una estructura dinámica interhemisférica. Trastornando así los conceptos de lateralidad hasta entonces tan mal comprendidos y tan erróneamente elaborados, nuestra propuesta introduce un montaje que revela los mecanismos de los dos hemicerebros. Uno, el hemisferio izquierdo, va a asegurar las funciones sensoriomotoras, mientras que el otro, el derecho, se adjudicará el control de la buena ejecución de esos mecanismos. Así, el diálogo interhemisférico adquiere un significado totalmente distinto en cuanto se atribuyen a los hemisferios cerebrales actividades concomitantes y, sobre todo, complementarias. Se instala una doble polaridad que permite centralizar, en los casos de un alto grado de organización, la totalidad de la actividad sensitiva, sensorial y motora de todo el cuerpo en el cerebro izquierdo, y focalizar en el cerebro derecho el control ejecutivo de la totalidad de esos actos.
Como se ve, los conceptos que se sostienen generalmente sobre la lateralidad quedan así ampliamente modificados, pues el lenguaje toma la delantera sobre todas las demás actividades que, aunque presenten un gran interés, son relativamente menores frente a esa función esencial. En nuestra óptica, el cuerpo adopta una posición tridimensional frente a la función de la palabra. Un eje representa la verticalidad, esa postura tan indispensable para la elaboración del acto verbalizado. Un segundo eje garantiza la dimensión izquierda-derecha y permite medir si el bucle audio-vocal es dominante en uno u otro lado de ese eje. De esa regulación dependerá la obtención de lo que hemos denominado la voz derecha o la voz izquierda. Por último, un tercer eje aporta la dimensión póstero-anterior. La utilización del cuerpo considerada esencialmente en función de esos tres ejes revela la manera en que el lenguaje fluye y permite detectar las resistencias que se manifiestan por malposición o mala coordinación.
En la cima de esa jerarquización dinámica que es la lateralidad, podemos decir entonces que el ser humano alcanza un verdadero estado de fusión al que se podría atribuir el nombre de ambidextrismo para indicar que se vuelve hábil (diestro) por ambos lados, contrariamente al estado de ambizurdería, que indica que el sujeto es torpe por ambos lados.
A partir de estos diferentes datos, hemos podido sostener, a título de nuevo desafío, que el oído —por supuesto bajo el dominio de la función del lenguaje a la que está definitivamente sometido— estaba neurológicamente en el origen de la emergencia del sistema nervioso. Al término de las investigaciones que hemos emprendido en este campo desde hace más de treinta años, hemos podido poner en evidencia la existencia de tres integradores: el integrador vestibular o somático, el integrador visual o espacial y el integrador coclear o lingüístico (ver documento anexo). Estas tres grandes redes neuronales, que son a la vez sensitivo-sensoriales y motoras, se ponen a disposición de la función del lenguaje, que va a expresarse, en toda la dinámica gestual y de la palabra, bajo el impulso de los fascículos piramidales, verdaderos transmisores del acto voluntario.
Estos diferentes desafíos lanzados a la audiología, a la fisiología, a la neurología, a la lingüística nos han llevado a desembocar muy naturalmente en lo que se conviene en llamar la psicología, disciplina en la que, nos parecía, escucha y lenguaje ocupaban un lugar privilegiado. El combate emprendido no resultó por ello más fácil. Las tendencias psicoanalíticas se avenían mal con los aportes técnicos y electrónicos que constituían los medios de educación de la escucha y del lenguaje. Por otra parte, la escuela conductista rechazaba de entrada la realidad simbólica que se perfilaba en todos los niveles a través de las resonancias afectivas familiares. En cuanto a la psicolingüística, permanecía obstinadamente hostil a las nuevas concepciones que hacían de la función del lenguaje el inductor esencial de lo humano en el hombre.
Sin embargo, con la obstinación que nos caracteriza, hemos abordado poco a poco la esfera psicológica introduciendo los datos que la experimentación y la clínica nos permitían recoger en lo relativo al papel esencial que el oído está llamado a desempeñar en el plano de la comunicación del ser con su entorno. Esa comunicación me vi pronto llevado a situarla in utero, en el nivel de la relación primera, de la relación del feto con su madre. Al afirmar entonces que la génesis de la escucha se instituía durante la vida fetal, lanzaba un nuevo desafío, el mayor sin duda que me ha sido dado plantear, el más fascinante también por las prolongaciones que encerraba en el plano moral, en el plano de la ética humana.
Es desde el estado embrionario cuando la vida se manifiesta en su función del lenguaje pues, sin duda se habrá comprendido, ese modo de expresión es el de la vida misma, que induce por su presencia al ser que la encarna con fuerza y vigor. El embrión es un ser de pleno derecho, conectado a la escucha desde la primera chispa de vida. Hoy se admite considerar que el feto oye desde el cuarto mes y medio de la vida intrauterina, pero me complace afirmar que la función de escucha inducida por la función del lenguaje se instituye mucho antes de ese momento. Está ya determinada, incluso predeterminada. Semejante aserción nos lleva a sostener que hay, en todo acto que atenta contra la vida, una eutanasia, ya sea preembrionaria, embrionaria o fetal.
Esa introducción en la vida del feto en el seno materno iba además a arrastrarme a nuevas audacias, a una nueva galera, diría yo. La simbólica madre-padre se volvía cada vez más evidente y, mientras el cuerpo afirmaba su implantación carnal materna, la imagen paterna adquiría un significado distinto al identificarse, por la semántica, con la simiente primera que participa, desde el principio, en la chispa de vida.
En esa perspectiva atrevida, lo confieso, el oído derecho adquiría un sentido muy particular, al hacer de captador de la palabra y vincularse así a la simbólica paterna como vector en dirección al universo social, mientras que la madre se atribuía la simbólica de la izquierda, del pasado, de la voz (y no del lenguaje). Mis diversas experiencias clínicas en este universo no tardarían en hacer de la madre el símbolo del soma, de la estática, del no-avance e incluso de la huida, mientras que el padre seguía siendo el símbolo del futuro, de la dinámica de vida.
A la escucha del Logos, a la escucha del otro y de uno mismo, el oído estará a la escucha del cuerpo. Un último vuelo en esta novela de aventuras nos permitirá considerar las somatizaciones en el nivel de un no-diálogo entre el ser que reside en cada individuo y su cuerpo investido de su personalidad. Quizá hallemos allí los orígenes de las enfermedades y recibamos una nueva luz sobre la patología.
El cuerpo, en efecto, desempeña, en todo momento y en todos los niveles, un papel de compensación frente a las desviaciones psicológicas. Esa válvula evita una introducción en el mundo psiquiátrico. Más vale pagar con el cuerpo que con el alma.
Este nuevo enfoque es incontestablemente un desafío a la medicina habitual y una invitación a modificar las estructuras existentes con el fin de que la enfermedad y el sufrimiento adquieran un significado totalmente distinto del que se les atribuye generalmente. Debemos, en efecto, cambiar nuestra actitud para comprender el sentido del sufrimiento más que las razones de su existencia, para profundizar en sus causas y extraer una enseñanza referida a un lenguaje hasta entonces no descifrado: el de la enfermedad.
En esta óptica, toda enfermedad de órgano aparecerá como la absorción por el cuerpo de una neurosis, mientras que las degeneraciones malignas traducirán fijaciones de psicosis.
Evocamos aquí casos extremos para impactar más la atención, pero podemos también incluir entre todos esos desórdenes psicosomáticos las otitis, las anginas, los vértigos de tipo Ménière, las sorderas psicológicas y, por último, las epilepsias, verdaderos auto-electrochoques que el sujeto se administra para poner fin a un dolor demasiado intenso provocado por una profunda angustia.
Por último, citemos las alergias que traducen, en lenguaje somático, el decir del cuerpo, no por el sufrimiento sino por una resonancia demasiado grande que vuelve aguda la comunicación, en una dinámica relacional mal vivida, de hecho demasiado sentida, como el asma, el eczema, etc.
Ahora bien, conviene que nos detengamos aquí para que, por fin, tras esta sucesión de desafíos que forman parte —habrán debido darse cuenta de ello— de un mismo ámbito, pueda significarles lo que representa para mí la Audio-Psico-Fonología.
¿Qué es, pues, la Audio-Psico-Fonología?
Como se sabe, el término «audio-psico-fonología» es un neologismo. Fue construido a retazos y por etapas. En efecto, el cirujano otólogo que yo era se convertía, con el tiempo, en audiólogo de investigación. Luego, mientras me veía llevado a ocuparme de voces profesionales —los cantantes en particular—, el término «fono» apareció y se estructuró bajo la forma de «fonología» cuando extendí el campo de investigación al lenguaje mismo. Así, la audio-fonología tomó cuerpo y comenzó su vuelo.
Sin embargo, mientras mi bisturí quirúrgico se desafilaba y la medicina me revelaba su incomprensión frente al sentido mismo de la enfermedad, me vi llevado a arrastrar al organicista que yo era hacia una dimensión hasta entonces desconocida para mí, la que se ocupa del alma. La abordé sin condicionamiento universitario. Me enfrentaba a su presencia inmanente y a su inasible materialidad. La descubría en todas partes, en cada personaje, en todo individuo, vibrante y resonante con mayor o menor fuerza.
Una observación objetiva, si puedo decirlo así, de los estados de ánimo me ofreció de este modo, con tanta mayor rapidez su rico abanico cuanto que su intervención se volvía evidente a la vez en la audición, que debía transmutarse en escucha, y en el lenguaje, que desvelaba sus dimensiones reales. Estas iban a manifestarse rápidamente al traducir los acentos profundos del ser y no al expresar los entramados verbalizados de un discurso impuesto y aplicado por las presiones socioculturales mediante las cuales cada individuo aprende a moldear su máscara.
Es así como creí oportuno y necesario reemplazar el guión gráfico que unía los dos términos «audio» y «fonología» por la realidad sustancial que podía representar la añadidura de «psique». A partir de entonces, la Audio-Psico-Fonología tomaba forma, a la manera de una nebulosa que se densifica progresivamente antes de convertirse en una verdadera entidad. Un estado de sobrefusión se operó en mí mismo de forma progresiva y provocó, en cierto momento, un proceso de cristalización que me permitió detectar las imbricaciones de este enfoque en diferentes niveles y en múltiples ámbitos.
Cabe preguntarse, por supuesto, si la Audio-Psico-Fonología es una ciencia o si desemboca en una filosofía. Si es una ciencia, ¿deberá honrarse de pertenecer al ámbito de la física por su enfoque de los fenómenos acústicos? ¿O permanecerá esencialmente solidaria de la fisiología por la percepción auditiva y por las consecuencias neurológicas que de ella se derivan? Cabe también preguntarse si no se orienta, con razón, hacia la lingüística, jugando en sus diversos registros con los diferentes elementos del discurso, desde el análisis de la calidad de la voz hasta las resonancias semiológicas.
De hecho, es más que todo eso. Aspira a restablecer las normas de un arte de vivir. Es en eso en lo que se inscribe en el marco mismo de la psicología, hasta confundirse con ella, siempre que se decida darle a esta última su verdadero estatus, definir su campo de investigación y revisar sus fronteras. Es en este nivel donde quisiera precisar lo que representa para mí la psicología y lo que considero que debe ser el papel del psicólogo en nuestra sociedad de hoy, a fin de que podamos, en último análisis, encontrarnos en tierra firme.
Por el momento, me parece, el estatus del psicólogo evoluciona sobre un terreno movedizo, inseguro, de límites inciertos, de estructuras inconsistentes. ¿No es verdad que, desde hace algunas décadas, la psicología vaga por vías tortuosas, sin salida, cuando menos peligrosas? Y cuanto más pretende enriquecerse, más se atasca. Pues se encuentra metida en caminos oscuros, complicados a placer, cuyas prolongaciones subterráneas atacan los fundamentos mismos de la moral humana que acaban por socavar hasta destruirlos. Por añadidura, la dependencia que la psicología parece sentir respecto de la medicina y, en particular, de la psiquiatría, corre el riesgo de hacerle perder su identidad. Puede ciertamente prestar servicio a los psiquiatras, pero no por ello es una especialidad que emane de la casta médica. Que haya habido médicos que se interesaran por la psicología es un hecho, pero la psicología no debe por ello convertirse en su feudo.
A nadie se le ocurriría formular que la psicología se vincula a la física con el pretexto de que Wundt, Helmholtz y Fechner se embarcaron en investigaciones que la conciernen. Es y debe seguir siendo independiente. Cada cual puede consagrarse a ella aportando su bagaje, su manera de proceder, sus aprendizajes, sin por ello cambiar el estatus y la dinámica de esta disciplina.
La psicología debe seguir siendo lo que es: el estudio del alma, es decir, el estudio de esa irradiación propia de cada ser que vibra en todo individuo bajo el caparazón de su personaje.
En cuanto al análisis del alma, no está por hacer o, en todo caso, debe considerarse bajo un aspecto distinto del que caracteriza actualmente los enfoques psicoanalíticos. Los meandros de un inconsciente que tiene dificultad para expresarse por sí mismo deben incluirse entre las aventuras fantasmáticas del individuo, menos ricas y menos poéticas, es verdad, que las leyendas milenarias en las que mitos y mitología encuentran sus fuentes.
En cambio, sacar a la luz las pantallas interpuestas que ocultan al ser subyacente sigue siendo el trabajo mayor del psicólogo. El descubrimiento de lo que se llaman los estados de ánimo es la prueba misma de la presencia de esas pantallas que impiden que los destellos de la conciencia se manifiesten. Y si es verdad que el alma puede estar alterada o teñida, queda que el ser en sí que ella recubre es por definición, por esencia, absolutamente límpido.
El trabajo del psicólogo consiste en detectar esas alteraciones que contribuyen a la creación de un personaje falso, dolorosamente estructurado, mal en su piel. Al psicólogo le corresponde el deber de proceder a la reactivación de las potencialidades subyacentes del ser, hasta entonces ahogadas o nunca aún explotadas.
Si el enfoque actual, diagnóstico digamos, es excelente en materia de psicología gracias al inmenso aporte que constituyen las investigaciones realizadas desde comienzos de siglo, no es menos cierto que las soluciones curativas no han seguido la misma progresión. Hoy se tiende demasiado a confundir los elementos del diagnóstico con los de la terapia. Como si se pretendiera curar una diabetes haciendo tres veces por semana una glucemia o una glucosuria, o incluso ambas a la vez.
Es en este nivel donde la Audio-Psico-Fonología cobra toda su dimensión. Ofrece medios numerosos y eficaces para liberar al alma de sus trabas. Ante todo, aporta un elemento diagnóstico importante con la introducción del test de escucha. Este nos revela no solo cómo oye el sujeto, sino cómo desea escuchar. Es el nivel de desarrollo de esa aptitud el que nos dará la clave del grado de inserción del ser humano que habita al individuo y el que orientará toda la acción terapéutica ulterior.
Después, la Audio-Psico-Fonología pone a disposición del psicólogo medios que podemos realmente considerar de la mayor importancia. Para lograrlo, se sirve de la electrónica. ¿Y por qué no? Algunos lo repugnan, otros le encuentran atractivo. Es, por supuesto, en un justo medio donde se sitúa la realidad, que no por ello deja de revestir el aspecto de un nuevo desafío.
Es, en efecto, gracias a la electrónica como me ha sido posible realizar lo que se denomina, en materia de investigación, «simuladores», es decir, conjuntos capaces de funcionar a la manera de… Y mientras me esforzaba por profundizar en el estudio de los mecanismos de la audición, me orientaba hacia la realización de un «modelo». Este no es otra cosa que un complejo electrónico que funciona ya no a la manera de… sino como el oído mismo.
Nuestro «modelo» ha sufrido con el tiempo, como es de suponer, modificaciones a medida que la electrónica progresaba en sus prestaciones, pero debía conservar a lo largo de los años la denominación de «Oído Electrónico». Este «modelo» no solo parece obedecer a las leyes que rigen los mecanismos del oído, sino que además tiene el poder de conducir hacia un buen funcionamiento a todo oído humano que no haya logrado, por diversas razones, el cumplimiento de su función de escucha. Se convierte desde entonces en un verdadero educador del laberinto, dándole a este a la vez sus aptitudes vestibulares y sus dimensiones perceptivas cocleares.
Como puede verse, la Audio-Psico-Fonología amplía así el campo de acción propio del psicólogo. Le permite reforzar su impacto y revalorizar su intervención. El papel del psicólogo consiste en adelante en conducir la cura que administra teniendo en cuenta las etapas que han de franquearse. En el nivel del alma, procede entonces como hace el partero para evitar las distocias.
El hilo conductor de la cura bajo Oído Electrónico está suspendido de la función de escucha, función primordial, ontogénica e inductora de toda comunicación. Suscita en el ser naciente el esbozo del primer deseo, el de adherirse a la vida, esa vida que le ofrece la madre en su embarazo. De ese encuentro inicial, que nuestras investigaciones han permitido explorar con tanta dicha, se va a instituir toda la génesis de la relación, con la madre y luego con el padre y, por último, con el entorno sociocultural ya inscrito en la dinámica parental.
Gracias a la cura, que permite al sujeto revivir la cadena ontogenética a partir de la audición intrauterina de la voz materna, el psicólogo puede entonces darle a la sensación su dimensión de percepción y, lo que es mejor, de percepción volitiva.
Se ve hasta qué punto el papel del psicólogo se ve así transformado. Convertido en pedagogo de la escucha, será el guía que muestra el camino a quien le es confiado, revelándole y suprimiéndole las pantallas que oscurecen su horizonte. Le dará así la posibilidad de asumir plenamente los obstáculos que le reserva la existencia.
¿Quiere esto decir, bajo el ángulo de una nueva afirmación, que hacemos del psicólogo un Audio-Psico-Fonólogo? Me parece que no puede ser de otro modo. Me parece asimismo, con cada vez más certeza, que no se puede acceder a la Audio-Psico-Fonología sin ser psicólogo.
Aún hay que precisar lo que «psicólogo» quiere significar. Ser psicólogo es, ante todo, amar al otro, estar a la escucha de su alma hasta sentir vibrar en ella el soplo del espíritu que quiere expresarse; es estar dotado de una cualidad intrínseca próxima a un estado de gracia. Sin eso, no se es psicólogo, aunque se tengan en el bolsillo los más bellos diplomas universitarios. No hay psicología sin esa inteligencia del corazón, y se la podrá encontrar tanto en el psicólogo profesional como en el médico, el lingüista, el músico, el pedagogo o el educador.
Se puede así afirmar que todo psicólogo, en el sentido amplio del término al que acabamos de referirnos, es por definición, por esencia, un audio-psico-fonólogo. Los dos universos se adhieren uno a otro con tal fuerza, en todos los puntos y en todos los lugares, que resulta bien difícil, incluso imposible, disociarlos.
Pero si esa fusión se vuelve con el tiempo cada vez más evidente, se concibe sin embargo que todo esto no se hizo en un solo día. En toda investigación hay que saber esperar. Por desgracia, raros son quienes pueden dar prueba de semejante paciencia antes de adquirir la certeza de la evidencia. Muchos se apoderaron de la Audio-Psico-Fonología para disponer de ella a su antojo y también a su nivel de incomprensión. Creyeron oportuno innovar cuando bastaba con dejarse atrapar por los hechos para poder ir más lejos. Creyeron oportuno adaptar la Audio-Psico-Fonología a sus necesidades cuando precisamente convenía conformarse a ciertas leyes sólidamente estructuradas para descubrir la adaptación.
Pero, afortunadamente, el camino está abierto, y algunos que se adentran en él merecen ampliamente el título de audio-psico-fonólogos. Sin duda la Universidad de Potchefstroom, la misma que me invita a expresarme hoy, es de aquellas que han contribuido tan poderosamente a hacer surgir en mí la noción de unicidad que existe entre la Audio-Psico-Fonología y la psicología. Por su paciente espera, por su larga observación, por su prudente aplicación, el equipo de Potchefstroom ha mostrado, a lo largo de los años, que sabía seguir con rectitud el camino trazado.
No hay otra observancia que la obediencia a unas leyes, a unas reglas que escapan a todas las axiomáticas elaboradas a partir de coacciones intelectuales. Se trata, de hecho, de obedecer a, o, lo que viene a ser lo mismo, de ponerse a la escucha de las leyes fundamentales que rigen lo humano en el hombre, es decir, aquellas mismas que permiten al ser vibrante y vivo en cada uno de nosotros manifestarse. Ese ser podrá así actuar con toda libertad. Podrá irradiar sin estorbo, sin que se interpongan coloraciones o distorsiones que operen como filtros destinados a alterar la realidad.
En efecto, solo la creación se expresa por la potencia del lenguaje de su creador. El hombre no sabrá sino expresar lo que se le manifiesta, y su palabra evocará con tanta mayor fidelidad lo que el Logos le dicta cuanto que ninguna interposición existencial vendrá a teñir su expresión verbalizada. A ese nivel, y solo a ese, su expresión será la de un verdadero diálogo, del que brotarán las evocaciones de los símbolos, sincrónicamente jalonados por un lenguaje analógico paralelamente enunciado en parábolas. Todo otro discurso, especie de condicionamiento más o menos hipnótico, se adentrará en una dialéctica de bajo nivel, sin adherencia con la realidad.
Ciertamente, los vuelos a los que los he arrastrado voluntariamente para mostrarles la importancia y la profundidad del tema que acabamos de abordar se expresan mediante resultados tangibles más prosaicos, que atañen a lo cotidiano, a los problemas de todos los días, desde la simple dificultad escolar hasta el profundo trastorno del deseo de vivir. Estos resultados serán objeto de diversas comunicaciones y dejo a los oradores que participan en este simposio el cuidado de reconducirlos, mediante cifras, hacia nociones más pragmáticas.
¿Quiere esto decir, no obstante, que todo se ha encontrado y que ya no queda nada por buscar? Lejos de mí ese pensamiento. Resulta que he entrado en contacto con realidades que me han abierto un amplio campo experimental en el que me he adentrado sin reservas. Pero sigo convencido de que ahora hay que asegurar el relevo y formar sólidos equipos para explorar este inmenso dominio. Harán falta seguramente generaciones de investigadores para descubrir todos sus recursos. Cuando se aborda un nuevo continente, se ignoran sus riquezas interiores y subterráneas. Todo consiste en estar seguros de hallarnos en tierra firme.
Sin embargo, fue precisamente para responder a la noción del desafío, y del desafío que prosigue, por lo que tomé el problema en su dimensión real, seguro además de que la propuesta que se me hacía, como decía hace un momento, por nuestro amigo el Profesor Van Jaarsveld, tenía con seguridad otra resonancia en profundidad, aquella misma que concierne a toda Sudáfrica. En efecto, ¿quién mejor que un sudafricano puede comprender lo que es el desafío?
Su existencia, su compromiso, su fe, su esperanza en una realidad que se aproxima a lo absoluto dan testimonio de ello. Cierto es que resulta fácil introducir sutilmente reproches en una iniciativa positiva en busca de la Vida. Pero es propio del espíritu humano tratar con burla lo que depende de la esencia. Desde hace milenios es así, y el «qadosh» bíblico, que quiere designar al ser sin par, fuera de lo común, el santo en cierto modo, ¿no evoca al mismo tiempo la imagen del «necio»? Los datos de la práctica cotidiana, tan benéficos en su enseñanza, me habrán enseñado que toda idea positiva nos es dada gratuitamente por lo absoluto con una generosidad que rebasa nuestro entendimiento, mientras que los conceptos negativos no germinan nunca sino en el caldo de cultivo de psiquismos alterados.
Heme aquí llegado al final del recorrido tras este largo discurso, aprovechando la oportunidad, ante todo, de agradecerles calurosamente la acogida tan cordial que nos han dispensado, a mi esposa y a mí, con ocasión de este simposio, y de manifestarles después mi reconocimiento por haberme permitido sostener frente a mí mismo un nuevo desafío, el de haberme expresado en inglés ante ustedes. Quizá sea en afrikáans la próxima vez.
Anexo
Los tres integradores
El conjunto del sistema nervioso está íntimamente ligado al aparato auditivo por toda una red funcional que comprende principalmente tres grandes vías sensitivo-sensoriales y motoras que hemos sido llamados a descubrir en el transcurso de nuestras investigaciones sobre el oído y que hemos denominado «integradores».
Se pueden distinguir:
- El integrador vestibular (o somático)
- El integrador visual (o espacial)
- El integrador coclear (o lingüístico)
El integrador vestibular
La filogénesis y la ontogénesis nos invitan a considerar que el oído, entrevisto como un aparato sensorial, no es en realidad sino el atributo exterior del cerebro primitivo. En efecto, este no es otra cosa que el conjunto de los núcleos vestibulares situados en la parte bulbo-protuberancial del eje nervioso.
Ese atributo se convierte en el organizador de la relación estática y dinámica del ser con su entorno por su parte vestibular. Esta asegura la estimulación necesaria que permite a ese cerebro primitivo ser bombardeado con tantos «bits» como hagan falta para asegurar la potencialidad óptima de cada especie.
En otros términos, cada laberinto se comporta como una verdadera central dinamogénica y asegura por su presencia la energetización necesaria para el conjunto del sistema nervioso.
Ese cerebro primitivo, provisto de su anexo laberíntico, va, desde la vida embrionaria y fetal, a inducir la instauración de todo el sistema nervioso. Ese aspecto ontogenético, que el recorrido filogenético permite perfilar fácilmente, nos introdujo rápida y muy naturalmente, puedo decir, en el universo de la escucha intrauterina.
Al adquirir la certeza de una percepción auditiva preexistente al nacimiento, hemos podido así considerar múltiples prolongaciones de orden terapéutico.
La instauración de la red vestibular permite instituir una relación con el medio gracias a una eflorescencia de fibras eferentes vestibulo-espinales directas y cruzadas y, con la adjunción del arqueo y paleocerebelo, de fibras aferentes de Fleschig y Gowers. Esas formaciones cerebelosas nuevas, anexos del cerebro primitivo vestibular, están ligadas a este último por las fibras vestibulo-cerebelosas que se proyectan de retorno por el fascículo tecto-vestibular emanado del techo cerebeloso.
El conjunto se completa con la adjunción de dos cerebros secundarios, por tanto menos arcaicos que los núcleos vestibulares, a saber, la oliva bulbar y la parte central del núcleo rojo, incluidos por supuesto sus fascículos olivo-espinales y rubro-espinales. Ese conjunto forma una totalidad que hemos denominado «integrador vestibular somático». Constituye por sí solo el aparato que permite que el esbozo de la imagen corporal se afiance, mientras asegura al mismo tiempo y de manera eficaz, operativa, la estática y la dinámica del movimiento, es decir, la cinética, en el medio circundante, ya sea uterino o referido al mundo exterior posnatal. Se ve cómo ese conjunto prepara el instrumento corporal que será ulteriormente atribuido al lenguaje.
El integrador visual
Una adjunción apreciable será la que hemos denominado «integrador visual» y que, por un tiempo, el espacio de algunos millones de años —tan poco, de hecho, ante la eternidad—, se apoderará del integrador vestibular y lo hará dependiente. Es así como el animal deambulará conducido visualmente. Sin embargo, el laberinto rectifica luego esa situación y vuelve a ser prevalente, obligando al analizador visual hasta entonces dominante a ponerse a su servicio. Desde la aparición de los mamíferos, la intervención laberíntica, ya activa y organizadora en el sentido embriológico del término, se deja sentir. Y los mandos de regulación se operan a la vez en el nivel de las raíces anteriores de la médula y en el nivel bulbo-protuberancial por los fascículos vestibulo-mesencefálicos que mandan, desde ese instante, los núcleos motores de los pares craneales VI, IV y III, orígenes de los nervios motores del ojo. Esta última adquisición se acompaña de una movilidad creciente de los globos oculares hasta instituir la visión binocular en los antropoides. Esta etapa es el fruto de una acción poderosa laberíntica vestibular sobre el integrador visual. La imagen del cuerpo, ya esbozada y, por ello, ampliamente reforzada, permitirá no solo al ser situarse en el medio ambiente, sino además aprehender este último.
El integrador coclear
Por último, en una última etapa que responde no a una evolución, sino a la realización de una estructura inductora de alto nivel —y es en la función del lenguaje misma en lo que pensamos—, el laberinto vestibular (es decir, el utrículo con los canales semicirculares y el sáculo), que opera como un giroscopio que rige el equilibrio, se ve atribuir la cóclea, verdadero sextante que le impondrá una posición definida con el fin de aumentar su eficacia y, por ello, de adquirir la verticalidad. Esta hace del hombre una antena —una antena neurológica— capaz de traducir analógicamente en función de la palabra lo que la función del lenguaje le revela. Para ello, la verticalidad es necesaria a fin de que el cuerpo se convierta en el receptáculo sensoriomotor de la expresión verbalizada. Para que la palabra se encarne, es necesario e indispensable que el lenguaje sea integrado de manera motora y sensorial. Es todo el cuerpo el que habla. Pero es también él el que se empapa, el que se impregna, el que memoriza. La memoria es el resultado de una inducción psico-sensorio-motora.
Por su aparición en la organización —en el sentido embriológico del término—, la cóclea determina la ampliación cerebral. Las áreas extrapiramidales se vuelven considerables y van a proyectar sobre el cerebelo contrarreacciones motoras más elaboradas, por los fascículos temporo-ponto-cerebelosos, fronto-ponto-cerebelosos, parieto-ponto-cerebelosos, y por su retorno cerebelo-dentado-rubro-tálamo-corticales con las contrarreacciones sensoriales por los fascículos espino-talámicos y los fascículos de Goll y Burdach. Estamos así en presencia de lo que hemos denominado «el integrador coclear».
Por este último, el cerebro queda enteramente conectado con el cerebelo, que nos revela así más explícitamente su papel de lugar de relevo, verdadera caja de conexión que permite al laberinto recoger el conjunto de las respuestas somáticas directamente proyectadas o anteriormente corticalizadas. Así, enriquecido con el conjunto de esas informaciones, el laberinto podrá coordinar y regular cibernéticamente toda la estática y la gestualidad corporal espontánea o que le imponga la decisión del acto voluntario por la vía de los fascículos piramidales.
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Fuente: Alfred A. Tomatis, «Le défi de l’audio-psycho-phonologie», conferencia inaugural del simposio de audio-psico-fonología, Universidad cristiana de Potchefstroom (Sudáfrica). Transcripción a partir del facsímil (restauración digital Francis Besson, 2012).