La pasión de Alfred Tomatis

Teórico y terapeuta de la escucha, amante del arte operístico y animador del «Centro del Lenguaje», este gigante apacible conocido en todo el mundo desarrolla en dos libros — L’oreille et la vie y L’oreille et la voix — teorías que responden a numerosas preguntas sobre la evolución de nuestro lenguaje y su universalidad. Abrimos hoy un ciclo de entrevistas en las que el humor y el saber comparten un mismo billete para otro viaje: el del hombre cósmico, cuyos oídos se construirán en contacto con la información.

Blinis: Los mensajes sonoros adquieren una importancia cada vez mayor en nuestra vida cotidiana. A veces refuerzan las señales visuales, a veces las sustituyen. ¿Estamos en el umbral de una mutación de los signos?

Alfred Tomatis: Creo que hemos llegado a la cima de lo que podíamos extraer de la vista, y que comienza una nueva era en la que el oído encontrará el lugar que le corresponde. Desde hace dos mil años vivimos en una cultura esencialmente visual. Este primado del ojo ha sido cuestionado por muchos, pero con desigual éxito. Uno de los primeros fue sin duda Sócrates — con el resultado que todos conocen. La cultura hebrea, en cambio, apela sin cesar a la escucha. Si la palabra escucha se repite unas cinco mil veces en las Escrituras, no es un hecho carente de sentido.

Hoy no asistimos a una mutación, sino sencillamente a una adhesión natural al «para qué» fue creado el hombre. Pues no es un animal dormido, como quería Platón, sino un animal que escucha. Es una «nada» que escucha. Qué hay que escuchar es otra cuestión. La dificultad de comprender la escucha en relación con lo demás proviene de que se ha cortado al hombre en finas rebanadas, distinguiendo en él el sistema óseo, el sistema sensorial con el ojo y el oído, etc. Se olvidó añadir lo que se hacía para comprender cómo funciona todo eso.

Cuanto más avanzo en mi trabajo, más creo que el hombre es por entero un oído, y que lo demás le es añadido. Cuando veamos cómo se forma el oído, comprenderemos cómo se adelantó al cerebro y cómo es, en cierto modo, su precursor.

Blinis: ¿Qué papel preciso desempeña, a su juicio, el oído en este contexto?

Alfred Tomatis: Hay que saber que la primera función del oído es enviar una gran cantidad de estímulos a la corteza cerebral. Gracias a ellos, esta se activa y el pensamiento se pone en marcha. Hoy se sabe que el hombre privado de escucha cae rápidamente en un mundo de alienación. Otra función del oído es entrar en relación con el entorno que nos rodea. Es él quien dirige todos los impulsos hacia los músculos, quien da la dinámica de la verticalidad, de la motricidad y de las reacciones mutuas de los miembros. Ni un solo músculo del cuerpo escapa a este fenómeno: cuando escribimos, lo hacemos con el oído; cuando leemos, los músculos del ojo dependen del oído.

En la Biblia se escribe innumerables veces «escucha, y verás»; en efecto, quien no tiene la suerte de tener el oído abierto no ve nada. Aunque pudiera ver un objeto, este no tendría, en su universo mutilado, valor alguno salvo si pudiera ser nombrado y si fuera posible transmitirlo a otro. Cada cual pertenece al «corpus» humano; el hombre no existe en el aislamiento, sino dentro de un grupo — y el grupo solo existe si sabe nombrarse a sí mismo y comunicar. En la cima de la pirámide humana se halla el oído con sus accesorios, y entre ellos la piel, que forma parte del oído.

Creo que existe una necesidad de comunicación cada vez más fuerte. Si todos parecen tan apremiados por hablar de comunicación, es sencillamente porque falta. La gran aspiración del hombre es llegar a ser lo que en el fondo es: un oído. Ha llegado el momento de plantearse las preguntas esenciales sobre el uso de este órgano, pues corremos el riesgo de servirnos de él de una manera que solo lo obstruye. La misión de toda señal sonora bien emitida es ser a la vez información y carga de energía. Cuantos más estímulos recibe el cerebro, mejor funciona. Si se emiten señales sonoras relativamente complejas para mensajes sencillos, si se colocan voces sintéticas en los coches y los ascensores, la energía de esas señales debe estar perfectamente calculada, pues una de las características del oído es su dificultad para adaptarse a ciertos mensajes. Si son malos, el oído se deformará — e incluso corre el riesgo de romperse. Cuanto más avancemos en el campo de la comunicación, más precauciones habrá que tomar para no dañarlo ni destruirlo. Es un juego peligroso en el que entramos ahora.

Blinis: Tanto más peligroso cuanto que no todos disponemos de los mismos códigos; parece que cada sociedad dispone de un sistema particular — o al menos de señales características.

Alfred Tomatis: Exactamente. Cada rincón del mundo tiene la suerte de poseer su propia independencia étnica, ligada a las impedancias del lugar — es decir, a las resistencias opuestas a la propagación del sonido en ese sitio. Ahí reside la fuente del «Babelismo», y eso hace que un mensaje producido en un lugar se transforme en otro. No son solo la laringe y la boca quienes lo emiten, y el oído quien lo escucha; hay que tener en cuenta el aire — ese trazo de unión, ese vector de propiedades variables que modula la información.

Quienes construyen equipos de alta fidelidad en un país determinado, según las normas locales, no obtienen exactamente las mismas sensaciones auditivas en otro lugar. Por ejemplo, viajo a menudo a Canadá y me llevo mi equipo musical; pues bien, he notado que, para escuchar el mismo disco, debo cambiar los ajustes del ecualizador de timbre para reencontrar en él la inteligibilidad y el equilibrio a los que estoy acostumbrado. Debo adaptar la forma del mensaje musical al lugar de escucha y a la impedancia del aire.

Entrevista con Alfred Tomatis publicada en la revista Blinis, marzo de 1989. Versión española en altom.es.